Algo que la mayoría aprendemos desde pequeños es que, para poder participar en un juego, hay que respetar el reglamento. He visto grupos de niños pasar más tiempo interpretando (o inventando) las reglas que jugando. De mayores, cuando nos sentamos a echar la partida en el chigre, todo el mundo tiene eso asumido y, si viene alguien de afuera, ha de adaptarse a las normas de la casa. Pretender utilizar las que más te convenga en cada momento tiene un nombre: «trampa». Es, pues, lamentable que un principio tan evidente no sea aplicado por los responsables del comercio exterior nacionales y comunitarios, generando con ello un gran número de conflictos.

Un ejemplo lo tenemos en una política ganadera que está provocando continuas protestas de los productores españoles de leche y carne, como la que tuvo lugar hace poco en Cangas del Narcea. Sus quejas son fáciles de entender. Conforme a la legislación comunitaria, su actividad está sometida a una exhaustiva reglamentación, repleta de obligaciones y limitaciones. Hoy por hoy, el ganado necesita más documentación que las personas y el «Código Animal» parece ser más extenso y más severo que el Código Penal. Si te nace un xato y un hijo la misma noche, a primera hora del día siguiente asientas primero al xato para no tener problemas. En cualquier filete, en cualquier botella de leche de aquí que compramos, se puede rastrear no sólo de qué res procede, sino el pedigrí de la misma hasta la décima generación.

El problema es que todas estas exigencias, con las que se pretende salvaguardar los derechos de las personas y de los animales, encarecen sustancialmente la producción, por lo que algunos intermediarios listillos han «descubierto» que pueden incrementar sus ya escandalosos márgenes importando productos de países más «tolerantes». ¡Y claro que son más baratos allí! Los costes no son los mismos en lugares donde se trata a los animales (¿casi?) como personas que en lugares donde se trata a las personas (sin casi) como animales. ¡Y claro que es fácil obtener ganancias así! Por eso se llaman «trampas». Eso sí, sólo te permiten hacer trampas impunemente los incautos, que no se dan cuenta, y los otros tramposos, que saben que van a sacar también tajada. Desconozco a cuál de esas categorías pertenecen los responsables comunitarios de Agricultura y Comercio.

Lo peor de todo es que esas importaciones no sólo no contribuyen a paliar la miseria de esos países, sino que ayudan a perpetuarla, asegurando los beneficios de los explotadores, y, además, llevan a la ruina a nuestros ganaderos, preparando el terreno para implantar aquí, algún día no muy lejano, el mismo sistema. Por eso, si alguna vez encuentra un pedacito de cuero sospechoso en uno de esos filetes foráneos, no se lo trague sin más; posiblemente será un trocito de la piel de algún bracero que ha tenido que dejársela trabajando por un sueldo de hambre. Y lo mismo sucede con la minería, la manufactura y otros sectores. Nos jugamos nuestro futuro y no podemos permitir que unos desaprensivos se dediquen a hacer cambalaches con él. Ya está bien de soportar tramposos. Para que haya competencia, las normas han de ser las mismas para todos. Si no, mejor rompemos la baraja.