En Bruselas Zapatero ha ganado tiempo. Ahora, sin fastos con los que despedir el semestre de la Presidencia española de la Unión Europea -hablar de mediocridad sería poco-, tiene que encarar la cruda realidad. Tiene muchos frentes abiertos. Lo más inmediato será prever una respuesta política al rebote generalizado que ha provocado el decreto de la reforma laboral. No puede llegar al debate sobre el estado de la nación -que se celebrará el 14 de julio- sin algún as en la manga. Lo más lógico es pensar que para ese día ya tendrá lista la lista de un nuevo gabinete.

En estos momentos, con el personal sublevado por las prebendas y excesos de algunos políticos, no sería suficiente con una remodelación; así que, para poder pasar el test de austeridad que imponen los tiempos los cambios deberían aparejar una poda. Nuevos ministros y menos ministerios. Fernández de la Vega, Salgado, Chaves, Corbacho, Garmendia, Contador, Espinosa, González-Sinde..., por diferentes razones todos están quemados. Empezando por el propio José Luis Rodríguez Zapatero. Puesto que él no va a resignar su encomienda, lo más sensato es pensar que acometerá cambios haciéndose eco de llamadas desde el PSOE hasta ahora no atendidas.

Creo que frente a quienes sugieren que en un momento de crisis lo razonable sería contar con todos incorporando a profesionales de prestigio al margen de su militancia, en este caso Zapatero optará por el camino opuesto, nutriendo al Ejecutivo sólo con gentes del partido. Ignoro si en ese compás se encuentran ya Leire Pajín, Madina, Elena Valenciano o alguna consejera de la Junta de Andalucía, pero no me extrañaría. Lo esperable es que el 14 de julio -¡qué gran fecha para otros!- ZP suba a la tribuna del Congreso con la lista del nuevo gabinete. Con ella y con las biografías de los nuevos ministros nos entretendrá a los periodistas..., que así tendremos menos espacio para hablar del estado de la nación.