Leo sin sorpresa la noticia de las multimillonarias cuentas que les han descubierto a algunos probos ciudadanos españoles en Suiza. Siempre sospechamos su existencia, pero su monto y el momento en que esto sale a la luz provocan bastante indignación. Sesenta mil millones es una cifra difícil de imaginar. Si todos los trabajadores asturianos ingresásemos en una cuenta el importe íntegro de nuestras nóminas; los jubilados, sus pensiones y los parados, sus subsidios; tardaríamos seis años en juntar esa cantidad. Ahorrando normalmente, tardaríamos cuarenta años. Es decir, un millón de ciudadanos corrientes tendríamos que juntar los ahorros de toda una vida para sumar lo que estos tres mil individuos filtraron a través de las rendijas del sistema en poco tiempo.

Y no vayan a creer que estos son los únicos euros que, bendecidos con nuestro sudor, han alcanzado el jardín del Edén. Al contrario que las religiones tradicionales, la religión del dinero no es monoteísta; adora por igual al dólar, al euro, al yen o al rublo. No es moralista; no intenta devolver a los descarriados al camino recto sino que, por el contrario, pretende convertir el dinero blanco, legal, en dinero negro, delincuente.

No es exclusivista; así como la mayoría de los profetas religiosos aseguran que todos las almas de los hombres virtuosos compartirán, en el más allá, el mismo cielo, los gurús financieros aconsejan que los dineros de los hombres pecadores se repartan, en el más acá, entre varios paraísos fiscales, por si acaso.

Hay muchos de estos mal llamados paraísos, que no son tales sino limbos de impunidad, protegidos por un poder sin escrúpulos, e infiernos de injusticia donde se refugian los billetes que, además de su colorido dibujo de tinta, tienen otro, oscuro, hecho con la sangre, el sufrimiento y la desesperación de los inocentes. Dinero de asesinos, genocidas, traficantes de drogas, pederastas y explotadores. Fortunas amasadas por la hez de la sociedad para vergüenza del mundo. Esa montaña de euros que en nada envidia a otras cumbres helvéticas no es sino la punta del gigantesco iceberg negro que ha echado a pique la economía mundial.

No se que sentían nuestros conciudadanos compartiendo refugio con tan insigne club. A mi me darían vómitos sólo de pensarlo pero no creo que a ellos les remuerda la conciencia. Supongo que, como parte de ese trato exquisito que los gobiernos del PSOE han dispensado siempre a los más ricos, no va a haber juicios ni sanciones, pero es una pena que no se den los nombres. Y no por el morbo, no. Es que me gustaría saber si alguno de esos individuos ha tenido la caradura de hacer declaraciones sobre lo echada a perder que está la clase trabajadora en España y la necesidad que tiene de que se le aplique mano dura. Me encantaría oírles hablar de deuda pública y sacrificios compartidos.

Aunque, probablemente, salir así a la palestra esté por debajo de su categoría. Seguramente tiene voceros contratados para que digan esas cosas por ellos. Me gustaría saber, también, que sienten esos "opinadores" mercenarios al ver a sus jefes con las vergüenzas al aire. ¿Se sentirán abochornados? ¿A alguno de todos ellos le habrá quitado, siquiera un instante, el sueño pensar en la cantidad de lágrimas que ha habido que destilar para teñir uno sólo de sus trajes de lujo?