En el tramo final de su mandato, antes de dimitir agobiado por los mil y un frentes que tenía abiertos y los problemas que se acumulaban llamando de manera inmisericorde a las puertas de la Moncloa, Adolfo Suárez descubrió el estrecho de Ormuz. La política internacional. Algo parecido le sucedió a Felipe González con Helmut Khol y la unificación de Alemania y a José María Aznar con las visitas a Crawford, el rancho texano de su amigo George Bush. Ahora el agobiado es Zapatero y el viaje, la «huida», tiene la primera estación en Libia con Gaddafi -el que se inyecta Botox, según los chismes de los cables de la diplomacia norteamericana.

Tras la parada en Trípoli, Zapatero seguirá rumbo a Bolivia y otros países de la región andina. Suiza será fonda antes del retorno. Son viajes y agendas programadas con anterioridad a los últimos zarpazos de la deuda; el dentelleo de los especuladores; las caídas de la Bolsa; el incremento del IPC; las escasas -algunos estudios dicen que nulas- expectativas de reducción de la tasa de paro, situado por encima del 20 por ciento; la cartilla leída por los grandes empresarios; el desplome del Partido Socialista en Cataluña y la anunciada renuncia a la vida política de José Montilla, el «hombre corriente» al que se lo ha llevado la corriente de la indiferencia de los votantes socialistas de toda la vida que, de manera contundente, han repudiado el tartufismo de un PSC que había olvidado su ADN socialista y, estimulado por el propio ZP, competía en ocurrencias con los nacionalistas.

Cuando los problemas son tantos, tan seguidos y tan gordos, uno puede entender el impulso de fuga, el poner tierra de por medio, el alejarse del solar en donde las palmas se tornan lanzas y hasta los del propio partido -que ven peligrar sus sillones y baronías- piden cambios (Barreda, Fernández Vara, Patxi López). Ya digo, en casos como éste se comprende lo irrefrenable que debe ser la tentación de huir, la pulsión de la escapada.