24 de marzo de 2011
24.03.2011
 

Corrupción y Fórmula 1

Una propuesta para que los políticos tomen ejemplo de los pilotos

24.03.2011 | 01:00
Corrupción y Fórmula 1

Con la inevitabilidad con la que llegan las estaciones (en este país al compás marcado por El Corte Inglés), los españoles nos vamos acostumbrando a la aparición pertinaz, cual sequía franquista, de casos de corrupción en esta España nuestra tan felizmente plural cuan uniformemente pícara. La corrupción, esa procacidad del servicio público, se ceba despiadada a diestra y siniestra del espectro político, arriba y abajo del escalafón, dentro y fuera de la administración, y ya solamente el alcalde pedáneo parece a salvo de las componendas y trapicheos... Por nuestras tierras un consejero de Educación ha conseguido acumular (presuntamente) unas hazañas delictivas que solamente de un consejero de Vivienda las hubiéramos esperado. Los politólogos buscan el bálsamo de fierabrás en las listas abiertas, los mandatos limitados, los controles de agencias independientes... Todo ello, lo sabemos ya, no conduce más que a la melancolía cívica y la desesperanza democrática.


Sin embargo, tal vez la solución sea tan descaradamente fácil como dirigir nuestra mirada a otros ámbitos profesionales alejados del gremio político. Por eso yo modestamente propongo que nuestros políticos tomen ejemplo de los pilotos de Fórmula 1. A poco que uno se fije, advierte que estos intrépidos individuos salen a la palestra portando un traje ignífugo tachonado con una miríada de nombres de empresas patrocinadoras: bancos, aseguradoras, empresas de neumáticos... Nadie espera de ellos que se presenten impolutos, actores de una farsa en la que ellos solitos han conseguido un coche estratosférico, cuarenta y siete mecánicos, miles de litros de gasolina, etc. Al contrario: muestran sin remilgos las cicatrices morales de haber llegado donde están.


¿Por qué no hacer lo mismo con nuestros políticos? Así, en lugar de aparecer ante los votantes disfrazados de representantes de ideologías tan campanudas como esclerotizadas, el político aparecería con un traje constelado de los nombres de bancos, empresas farmacéuticas, consorcios energéticos... De todos aquellos, en suma, que estuvieran contribuyendo a que él pudiera desplegar esa fanfarria cansina de mítines y contramítines, esa faramalla sempiterna de propuestas y contrapropuestas, esa parla desconchada de promesas y contrapromesas. Los votantes podríamos así ejercer nuestro derecho con la conciencia tranquila de saber que «esta vez voto por las farmacéuticas», «yo me inclino por los ofimáticos»...

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