24 de febrero de 2012
24.02.2012
 
El trasluz

Masa gris y músculos

El gimnasio como solución a las novelas que engordan

24.02.2012 | 01:00
Masa gris y músculos

Empecé a ir al gimnasio porque ninguna novela me gustaba y adelgacé ocho quilos en poco tiempo. Luego encontré una novela apasionante y los volví a recuperar como se recupera, al beber un vaso de agua, el peso perdido en la sauna. No siempre engordo con novelas, a veces también con biografías y ensayos científicos, pero sobre todo con biografías de escritores que no han ido al gimnasio, que no han ido en realidad a ninguna parte, gente que no ha cruzado la puerta del mundo porque le aturde el afuera, esa gente me producía un interés enfermizo, no por el hecho de que no hubieran salido, sino porque yo quería volver. Hay habitaciones a las que no se puede regresar tras haberlas abandonado del mismo modo que no se puede regresar al útero. Y hay habitaciones de las que no has salido pese a no haber estado nunca en ellas.

He ahí un tema, el de las habitaciones, que quizá sea el tema. Gregorio Sansa, ya en su versión de insecto, se asomaba a la ventana de la suya y veía los tejados de Praga. La puerta sirve para salir y las ventanas para asomarse, excepto que a veces uno se asoma a la puerta y sale por la ventana. Cuando Sansa se asomaba a la puerta de su dormitorio veía un pasillo que parecía un conducto vaginal desde cuyo fondo sus padres y su hermana le hacían señas de que se acercara a ellos. Pero el pasillo es un lugar peligroso para las cucarachas, de modo que permaneció en su alcoba (qué palabra, alcoba), donde felizmente pereció.

Durante los últimos años íbamos alegres al gimnasio, a la sauna, al spa urbano (como si el spa fuera un invento rural). Habíamos adelgazado y habíamos dejado de leer novelas porque identificábamos las novelas con tiempos conflictivos, tiempos de caspa y de pensión con derecho a cocina. No me refiero a las novelas baratas, a los best sellers, que son la versión alfabética del gimnasio, sino a las novelas duras, tipo «La metamorfosis», «El hombre sin atributos» y por ahí. Novelas que engordaban porque no servían para hacer músculo sino para desarrollar el encéfalo. Parece que tenemos que regresar a la habitación de la que no habíamos salido, a la España más o menos eterna que empieza a supurar de nuevo sus esencias. Vamos a necesitar más masa gris de la que hemos conservado.

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