11 de marzo de 2012
11.03.2012
Editorial

Menos estorbos y más libertad para la industria asturiana

La actividad siderúrgica en Asturias y los movimientos del puerto gijonés están estrechamente relacionados, cuanto mejor le va a al grupo de Mittal más progresa el Musel, y cuanto peor, más se resiente

11.03.2012 | 01:00
Menos estorbos y más libertad para la industria asturiana

La de Asturias es una siderurgia integral, de las pocas que quedan en Europa, porque acapara todas las fases del proceso productivo: la obtención del arrabio a partir del hierro en los hornos altos de Gijón; su conversión en acero en la LD-III de Avilés y, finalmente, su transformación y acabado. Hace décadas que no se levanta en suelo europeo ningún alto horno. Las empresas del sector tienden a colocarlos al lado de las minas de los países donde obtienen la materia prima. La cercanía multiplica la rentabilidad.

En cierta medida, si Arcelor ha subsistido en Asturias es porque El Musel actúa como su mina. A través del puerto obtiene lo necesario para seguir funcionando y saca lo que produce. Arcelor supone el 12% del PIB asturiano y el 21% de las exportaciones. El puerto, el 11% del valor añadido bruto de la región. Poner alegremente en riesgo ambas piezas por politiquerías baratas es inmolarse económicamente.

El langreano Fernando Lozano, que presidió Ensidesa, el embrión de Arcelor, entre 1984 y 1991, confesaba recientemente en la serie «Memorias» de LA NUEVA ESPAÑA que la acería avilesina tiene vida para quince o veinte años. En su momento fue el equipamiento más avanzado del mundo, pero transcurrido ese plazo quedará obsoleto. Ahora que las instalaciones de Gijón y Avilés todavía gozan de pujanza es cuando hay que tomar conciencia de que no son eternas, ni un don predeterminado que por gracia divina corresponda retener a los asturianos. En la fragilidad de esta crisis pueden irse al garete a la menor torpeza. Que las plantas obtengan las inversiones requeridas para prolongar su actividad dependerá de cómo sepamos hacer aquí las cosas, sin esperar como casi siempre a verlas venir.

Un revés en el cambiante mercado del acero obliga a Mittal a acometer estos días una reestructuración en algunas divisiones gijonesas. Muy lejos de los largos conflictos de otros tiempos, los trabajadores han comprendido el delicado momento y han cerrado en un tiempo récord un principio de acuerdo sobre la reorganización de la plantilla y la flexibilidad. Un gesto muy valorado por la dirección del grupo como muestra de los esfuerzos que están dispuestos a realizar para salvar sus puestos.

Justo en mitad de esta preocupante travesía, la Autoridad Portuaria de Gijón anunció la posibilidad de subir hasta un 30% las tasas a las empresas que operan en la dársena, un porcentaje inverosímil en las actuales circunstancias y un acicate para que Arcelor y otras compañías nos den la espalda. Los responsables portuarios plantearon rebajar luego, tras la polvareda levantada, el incremento al 10%.

La ley de Puertos obliga a elevar tarifas si existen pérdidas. El Musel incurre en ellas por la caída de mercancías debida a la recesión y, en especial, por las amortizaciones financieras derivadas de los sobrecostes de la construcción del superpuerto. Los causantes de un agujero tan enorme, nunca suficientemente explicado, merecen todos los reproches y deben pagar su negligencia. Parece un sarcasmo que los mismos socialistas que protestan estos días por la subida de tasas fueran ciegos y mudos cuando se generaba la carga.

Lo cierto también es que, en una estrategia sorprendente, El Musel propone amortizar en un solo ejercicio la ampliación, existiendo la posibilidad de estudiar otras alternativas. Repartir las partidas a lo largo de varios años, a medida que fueran entrando en funcionamiento las distintas zonas de la infraestructura, evitaría el déficit -y por consiguiente la obligación legal de corregir las tarifas-. Sólo una pequeña parte del nuevo puerto, la de la regasificadora, está en explotación. Atosigar a las industrias asturianas con un aumento de costes pudiendo evitarlo carece de sentido.

Cualquier incremento convierte los muelles gijoneses en los más caros del norte de España y merma la competitividad de las empresas asturianas. En vez de enredar con amenazantes subidas estratosféricas, ¿por qué el presidente Álvarez-Cascos, mandatario último de un consejo de administración de El Musel con mayoría del Principado, no cumple con su promesa electoral de levantar las alfombras de la etapa arecista, esa en la que se prodigaron desfases tan descomunales? ¿Dónde están los resultados de las auditorías de infarto prometidas? ¿O se trata de otro engaño a sumar a los que ya nos tiene acostumbrados en tan poco tiempo?

Los políticos necesitan otorgar de una vez total libertad a la iniciativa privada, facilitar el desarrollo del emprendimiento y abandonar los intervencionismos nefandos, tan frecuentes en el pasado, que han desembocado en la postración presente. Ya que los gobernantes y sus adláteres se muestran incapaces de resolver los males de Asturias deberían procurar estorbar lo menos posible para no agravarlos.

Mientras aquí empleábamos el tiempo poniendo chinas, el presidente del puerto de Guipúzcoa visitó a los directivos de Arcelor-Mittal en el País Vasco con el fin de transmitirles que está dispuesto a rebajar tarifas y que no quiere perder ningún cargamento por un problema de precios. A Asturias le aguarda lo peor si los que mandan por estos pagos siguen encelados en una política suicida que propicia que otras comunidades les devoren la tostada.

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