23 de mayo de 2012
23.05.2012
Analysis

El fracaso de la alternancia

El reto de Javier Fernández frente a los malogrados gobiernos de la derecha en Asturias

23.05.2012 | 02:00
El fracaso de la alternancia

La democracia parlamentaria asturiana es incapaz de alternancia. En treinta y cuatro años de autonomía, si incluimos la etapa del Consejo Regional preautonómico, frente a los presidentes socialistas Rafael Fernández (1978-1983), Pedro de Silva (con dos mandatos 1983-1991), Juan Luis Rodríguez-Vigil (1991-1993), Antonio Trevín (1993-1995) y Vicente Álvarez Areces (nada menos que con tres mandatos 1999-2011), que han sumado un total de 29 años en el poder, los gobiernos de Sergio Marqués (1995-1999) -que derrotó a Antonio Trevín y pudo formar Gobierno con el voto de Antón Saavedra, antiguo secretario general de minería de UGT entonces en IU- y el breve interregno de Álvarez-Cascos (2011-2012) han sido los dos únicos casos de alternancia de Gobierno, malograda por su final atípico, frente a una hegemonía socialista rutinaria.


Javier Fernández, el ahijado de Arístides Llaneza, hijo de Manuel Llaneza, es el primer secretario general de la FSA desde la transición que va a ser presidente del Principado. Nunca presidió el Gobierno autónomo ninguno de los anteriores secretarios generales de la Federación Socialista Asturiana (Jesús Sanjurjo, 1975-1988, con un breve intervalo de Rafael Fernández en 1977, antes de ser en 1978 presidente del Consejo Regional, y Luis Martínez Noval, 1988-2000). Es una demostración de compromiso con la autonomía y de normalidad política que en vez de ser diputado en el Congreso sea presidente del Ejecutivo autonómico el secretario general del principal partido de la comunidad autónoma. El próximo mes de noviembre Javier Fernández cumplirá 12 años en la secretaría general del partido socialista asturiano, donde ha destacado, paradójicamente, por su discreción. Debió relevar a Álvarez Areces en 2007, pero un sentido acusado de lealtad orgánica al partido y de honestidad personal, en la misma línea que inspiró a Jesús Sanjurjo, lo inhibió de lo que era en ese momento su deber político. Fernández, como Hollande en Francia, es un político socialista en la sombra, pero sin sombra de sospecha de corrupción, que debe demostrar su capacidad de liderazgo en una composición política fraccionada y convulsa de la Junta General, en el momento en que a la crisis endémica de la economía asturiana se suma con inusitada dureza en Europa la crisis fiscal del euro. UPyD debería entrar en el Gobierno para asumir la plena responsabilidad política de sus actos, en lugar de actuar como minoría errática oscilante sin responsabilidad.


Recuerdo haber asistido el 5 de noviembre de 2000, invitado por Antonio Masip, a la sesión del XXVII Congreso de la Federación Socialista Asturiana, que eligió secretario general a Javier Fernández frente al avilesino Álvaro Álvarez por un estrecho margen de 215 frente a 194 votos, y la profunda impresión de capacidad y de madurez política que causó su discurso de aceptación del cargo. Ese discurso debería ser editado con ocasión de su elección como presidente del Principado, pues ha sido su aportación política más destacada y permite comprender la profundidad del compromiso político personal de su autor, que antepone la ética socialista y la acción democrática colectiva a las exigencias de liderazgo de su cargo. Justamente la antítesis del modelo imperante de acción política, aunque en su nuevo cargo deberá superar cierta tentación de introversión.


Javier Fernández, frente a anteriores presidentes socialistas, aporta al cargo una plena representación natural de su partido, que faltó, por ejemplo, a Pedro de Silva y a Álvarez Areces -permanentemente distanciados de Fernández Villa, verdadero socio mayoritario de la FSA-, y un compromiso de autenticidad y honestidad que puede ayudarlo en la operación más cínica de la derecha asturiana.


El PP de Rajoy apuesta por una carambola de billar táctica, ideada desde el cuarto oscuro. Primero empuja a UPyD a pactar con el PSOE para aniquilar a Cascos, al que ahora odia y desprecia y al que cree posible hacer desaparecer del mapa político asturiano, y luego intentará derribar al Gobierno socialista asturiano desde Madrid, aprovechando para ello el desgaste inevitable de la política de recortes y la amenaza de intervención presupuestaria, justificándola por el caos político -provocado por el mismo PP al negarse a apoyar los Presupuestos de Foro Asturias durante el último año-. La elección de Fernández es un contrapeso democrático, al mismo tiempo leal y crítico, a la mayoría absoluta de Rajoy, con indudable proyección en la política nacional, análogo al que se espera de las políticas europeas de Hollande en la Unión Europea frente a Berlín.


En la mejor tradición posibilista y populista de Aznar, irónicamente en parte ideada por el mismo Cascos ahora comprometido con la autonomía asturiana, el PP, representado en Asturias por la antigua lugarteniente de Álvarez-Cascos en Gijón, actúa no como un partido político democrático al servicio del interés general representativo de sus electores, sino como un sindicato político ordenado de intereses al servicio de sus dirigentes, que ha hecho fracasar la alternancia en Asturias por imperativo táctico de partido. El diálogo hoy entre PSOE y Foro, como principales partidos en el Gobierno y en la oposición de la Junta General, es necesario para la autonomía de Asturias y para el equilibrio político en España.

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