25 de junio de 2012
25.06.2012
40 Años
40 Años
 

Elogio de la parroquia

Defensa hecha por un agnóstico de la labor de la Iglesia

25.06.2012 | 02:00
Elogio de la parroquia

Hace cincuenta años, Pumarín era, como hoy, un barrio obrero de Oviedo. Contaba con su gemelo en Gijón y ambos estaban orgullosos del origen de su nombre, vinculado al pumar (manzano en bable). Entonces había en Oviedo muchas casitas bajas, bastantes calles sin asfaltar y con vacas en algunos prados que esperaban ser construidos, donde se podía jugar al fútbol durante horas. Un día como hoy, de 1962, quedaba oficialmente inaugurada la iglesia ovetense de San José de Pumarín, en un edificio moderno y pulcro, con mucho ladrillo y amplias vidrieras. Aunque no suelo ir mucho por allí -confiésome descreído-, medio siglo de actividad religiosa y -sobre todo- social merece una reflexión y un homenaje.


Ese año, Raphael ganaba el Festival de Benidorm, mientras Miguel Ríos daba sus primeros pasos públicos. Contraían matrimonio Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia, mientras salía del penal de Burgos Herrero Merediz, preso por militar en el Partido Comunista. Era la España del blanco y negro, no sólo en lo político-social...


El Guardiola famoso de aquel momento todavía no se llamaba Pep, sino José, y cantaba «Di, papá». Se estrenaba la película «Canción de juventud», que lanzaba al estrellato a Rocío Dúrcal, pero también nacían en España los cines de arte y ensayo, que en Pumarín acabarían teniendo su propio templo: el Palladium.


Pumarín en esa época todavía tenía calles bautizadas con coordenadas por los planes urbanísticos del ensanche, como B-28 (hoy, Joaquina Bobela), en una sociedad en crecimiento, con sus regulares apuros «de fin de mes», donde hacía furor el fenómeno del pluriempleo y todo el personal trabajaba el sábado por la mañana. Pienso que, a pesar de todo, la gente era bastante feliz, porque venía de una situación peor. Un ejemplo: muchos chicos comprábamos nuestras propias novelas del Oeste o tebeos (hoy diríamos cómics) para después de leerlos con cuidado, finalmente cambiarlos por un módico precio. En mi barrio, esa gestión se hacía en la tiendina de Pilar, quien también podía venderte todo tipo de golosinas o un cigarrillo para disfrutarlo en el gratuito pasatiempo de ver pasar trenes por el cinturón de hierro de Feve, que durante decenas de años delimitó Pumarín.


¡Mucho se han transformado los tiempos y cuánto ha cambiado la Iglesia! La de Pumarín y la de Roma. Hace cincuenta años la misa de los domingos era una de las pocas actividades sociales al alcance de la ciudadanía proletaria. Siempre me ha llamado la atención aquella costumbre de nuestras cuencas mineras, donde los paisanos dejan en misa a la señora permaneciendo ellos fuera, debatiendo en la puerta. Tiene algo de rebeldía pero también de aceptación del control social que ejercía la Iglesia.


Hoy, cuando tantas familias han llegado a la desesperación del desempleo o la soledad encuentran el último apoyo -no sólo espiritual- en su parroquia. En San José de Pumarín se ha organizado una fiesta, el próximo viernes, 29 de junio, para celebrar su medio siglo. El anciano párroco fundador pasará diapositivas de la época -en Power Point- y hasta se ha anunciado baile para olvidar durante unos momentos la crisis. ¡Cuánta alegría en bodas y comuniones, concentradas ese día en su propio y merecido festejo!


Muchas personas mayores -como mi propia madre- tienen en su querida parroquia un referente vital que les permite mantener una saludable actividad intelectual o de relaciones humanas. Dentro de la vorágine del mundo actual, donde los valores, la economía o los poderes son cuestionados, y, ante el bombardeo de información que aturde a nuestros mayores, la parroquia se nos aparece como un islote de tranquilidad en el tumulto, un fenomenal espacio de reflexión, donde compartir inquietudes con el párroco y los vecinos. Diríamos que es el sitio acogedor donde «todo el mundo conoce tu nombre», como dice una televisiva serie americana.


Y así, lejos de la pompa vaticana, esas sucursales de barrio cumplen un gran papel social, especialmente con la tercera edad. Esa generosa y relevante labor, en mi agnóstica opinión, es la razón que me ha animado a escribir este humilde elogio a una parroquia de barrio que contribuye desde hace cincuenta años a hacer más feliz a sus vecinos. Eso y tener una madre catequista, claro.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook