09 de julio de 2012
09.07.2012
La Nueva España

Fidelidad uruguaya

Las relaciones de García Lorca con Enrique Amorim

09.07.2012 | 02:00
Fidelidad uruguaya

En realidad, el libro que me inspira estas líneas se titula: «El amante Uruguayo» (Una historia real). Dicho amante existió en su día y se llamaba Enrique Amorim, había nacido en Salto (Uruguay), hijo de un terrateniente y ganadero poseedor de una importante fortuna, tuvo la suerte de conocer a García Lorca en un viaje a Argentina, con quien compartió conversaciones, poesía y según sus propias afirmaciones algo más. No fue la única persona importante en la literatura con quien departió, pero si creemos sus propias palabras, su amistad dejó una huella tan profunda en él, que nunca pudo olvidar al granadino, llegando incluso a erigir un monumento en su honor en su localidad natal de Salto. El libro, que no se define por ningún género concreto, navega entre la biografía de Amorim y se deja llevar, al menos al leerlo, por el estilo muchas veces más cercano a la novela que a ningún otro.


¿Llegó en su audacia y en su desesperada nostalgia Amorim a robar los restos del poeta fusilado y transportarlos hasta el pie del monumento erigido en su memoria? Ésta es justamente la trama de la obra, que como un río de acontecimientos nos transporta por su vida y en la que siempre hay un punto de referencia fijo: Lorca. Una trama que comienza en 1933 cuando Federico llega a Buenos Aires, trae muy poco dinero en el bolsillo -todavía vivía de lo que su familia le proporcionaba- y unas tremendas ganas de triunfar en la capital bonaerense con su obra dramática «Bodas de sangre». Parece que aquel poeta todavía joven llegaba un poco asqueado del trato recibido en Madrid, aunque «Romancero gitano» ya fuese una obra consolidada. Para empezar, la prensa más conservadora española lo apodaba «García Loca», en Madrid se prefería el género chico de risa fácil y evasión tonta a cualquier otro género. Ganar dinero con la representación de la obra de Lorca era por entonces un imposible en España. Pero había un escollo inicial nada desdeñable, Federico fuera de las fronteras hispanas no era nadie. En cambio, Lola Membrives, una argentina de origen andaluz, era la reina de las taquillas de entonces. Federico la conocía, la frecuentaba, acudía a su camerino tras las representaciones y, por si fuera poco, estaba casada con un productor español bastante influyente. Su primera representación reventó la taquilla y dejó a un Federico satisfecho y con los bolsillos razonablemente llenos.


Había alcanzado la fama al otro lado del Atlántico y la racha continuó durante meses. Ahora podía tratarse con Carlos Gardel, cenaba en la mansión de Natalio Botana -un magnate de los medios de comunicación- y acudía a las escandalosas fiestas de Oliverio Girondo, de Norah Lange o a las tertulias de la poetisa Alfonsa Storni, que ya era un símbolo de su época. Claro que esta repentina inyección de popularidad no la asimiló muy bien, se tornó soberbio, pedante, engreído e incluso petulante. Tras una conversación con Jorge Luis Borges, que sería el escritor argentino más importante en el XX, éste dijo sin rodeos que Federico era un farsante o, según lo definió él mismo, «un andaluz profesional». Había que alejar a Federico del tráfago bonaerense, así que Uruguay parecía un lugar idóneo, donde podría terminar la inconclusa «Yerma» que Lola Membrives, o Lola Cojones, como se la conocía en la época, quería representar sin más demora. En Uruguay no escribiría ni una sola palabra, pero entre fiesta y fiesta, celebraciones y algunas conferencias que impartió conoció a Enrique Amorim, con quien trabó estrecha amistad. Amorim era un elegante personaje, de atildada presencia, que frecuentaba los círculos más exclusivos del Río de la Plata, que quedó obsesionado desde el primer momento con Lorca y, para desesperación de la Membrives, no se separaba de él. Contrató una habitación en el mismo hotel que el poeta, organizó banquetes, lo paseaba en su descapotable blanco por las playas de Atlántida y por el Carnaval. Llegó a contratar una banda de negros condomberos para animar todas sus fiestas y se volvió compañero inseparable en todos los sentidos que ustedes quieran pensar. No sabía Amorim de la volubilidad de Federico, cuando se separaron algún tiempo después, no lo volvió a ver. Apenas contestaba a sus cartas desesperadas y ya de regreso en España otros vientos y otras circunstancias cambiarían la vida de ambos, pero más, como de todos es sabido, la del poeta de Granada.


El resto del libro, como un río de cauce henchido, nos habla de Enrique Amorim, del amante uruguayo que un día conoció a Lorca y lo perdió en la nebulosa de la vida entre lo cómico y lo trágico. Amorim, a lo largo de su dilatada vida, escribiría más de cuarenta obras que publicó, algunas dignas de elogio y otras no tanto, según el lector que las enjuicie. Lo que sí es cierto es que terminó por afiliarse al Partido Comunista en su desesperación por dar el gran salto literario, viajó por Europa incansable y conoció a multitud de personajes famosos, siempre, claro, gracias a su jugosa fortuna personal. Lorca, en el resto de la obra, se pierde en los acontecimientos de la historia que todos conocemos y damos por hecha. Menos que no se sabe dónde descansan sus restos? En cuanto a Enrique Amorim, que odió a Neruda, conoció a Picasso, se casó con Esther Haedo, a pesar de conocerse su condición homosexual, pudo haber cenado con Chaplin y Louis Aragon, frecuentó a Nicolás Guillén, Pío Baroja, Stefan Zweig o el mismo Walt Disney, entre otros muchos, ha sido magníficamente plasmado en este volumen que acaba de editarse en España de otro autor uruguayo: Santiago Roncagliolo.

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