No hay duda de que estamos ante una crisis global sin precedentes desde el Crack de 1929, incluso de mayor magnitud si analizamos sus efectos sobre las economías de varios de los principales países europeos. A pesar de la creencia inicial de que sería una crisis de alta intensidad pero limitada en el tiempo, todavía hoy no somos capaces de predecir su final, o asegurar que Europa a través de las medidas en marcha pueda retomar algún día una senda de crecimiento sostenible.

La crisis global impactó primero en España, donde ya en 2008 se destruyó empleo en la mayoría de sectores productivos, como efecto de la bajada de la demanda internacional y del consumo interno. La economía española, a pesar de la escasa exposición del sector financiero a los activos tóxicos derivados de las hipotecas «subprime», sufrió con muchísimo rigor los efectos de la crisis, lo que significó caídas abruptas en 2009 tanto del PIB (-3,7%) como del empleo (más del 20% de tasa de desempleo).

Dos fueron los motivos que explican esta virulencia de la crisis en España. Por un lado, la gran dependencia de su economía del sector de la construcción, que llegó a tener un peso hasta del 15% del PIB (en EE UU sólo alcanzaba el 4%). Los bancos apenas estaban expuestos a las hipotecas «subprime», pero tenían importantes activos invertidos en el sector inmobiliario, de tal forma que la deuda contraída con las entidades de crédito, entre constructoras y promotoras, se calculaba en torno a 418.000 millones de euros.

Y además, y todavía más importante, las empresas españolas tenían, y tienen, un importantísimo déficit estructural relacionado con su baja productividad, ya que ésta había crecido muy por debajo de la media de las economías de la OCDE en la década anterior a la crisis.

Citando a Xavier Sala-i-Martin, conviene recordar que la competitividad tiene un significado diferente para cada país, de forma que mientras que los más pobres compiten en costes, los intermedios lo hacen en base a la calidad de sus productos. Los países más avanzados compiten en base a la innovación, buscando la forma de ofrecer productos y servicios diferenciados de los de sus competidores.

La aplicación de este principio a nuestras empresas significa que deben dedicar recursos a la innovación, entendida ésta en su concepción más amplia, no sólo limitada a la I+D o a la innovación de carácter tecnológico. Aquí no puedo más que apuntar la referencia de NESTA, que ha calculado cómo entre 2000 y 2008 el sector privado en el Reino Unido invirtió casi un 14% de su VAB en los denominados intangibles de la innovación (mejoras organizativas, formación, marketing, desarrollo de software, diseño, actividades de I+D y propiedad intelectual). A su vez, estas inversiones contribuyeron en dos terceras partes al crecimiento de la productividad en ese período (lo que significó una ganancia media de 1,4 puntos porcentuales cada año).

A la hora de dirigir los esfuerzos innovadores, bueno será que nuestras empresas miren hacia aquellos sectores donde se espera un mayor crecimiento de la demanda en los próximos años. Me refiero aquí a las denominadas megatendencias mundiales, por ejemplo, la sostenibilidad, que implica un crecimiento importante de actividad en los sectores relacionados con las tecnologías limpias o la ecoinnovación en un sentido más amplio. O la salud y calidad de vida, que aplicadas al reto del envejecimiento, por ejemplo, ofrecerán importantes oportunidades de desarrollo de nuevos productos y servicios. También las iniciativas de emprendimiento social financiadas mayoritariamente por sus resultados económicos podrán suponer la provisión de servicios que muchas veces el sector público no es capaz de satisfacer adecuadamente, contribuyendo a la resolución de los grandes retos de la sociedad.

Por otro lado, y debido al escenario geopolítico mundial, nuestras empresas no tendrán más remedio que internacionalizarse si quieren aspirar a mantener unas mínimas dosis de crecimiento. Así, según las últimas previsiones del FMI, mientras las economías de los países avanzados crecerán de media un 1,2% en 2012, en Europa no se llegará a la cota del 0,5%. Contrastan estas cifras con el crecimiento del 5,65% esperado en los países emergentes, encabezados por China e India, con proyecciones a ritmos superiores al 7%.

En este sentido, los avances actuales en materia de comunicaciones físicas y telecomunicaciones (internet) son imparables, de forma que seguiremos disponiendo de las máximas facilidades para transportar bienes físicos o para proveer servicios de forma remota en todo el mundo. Sin embargo, no podemos permitirnos que bajo la globalización se escondan unos modos de producción insostenible, que no respeten unas reglas de juego comunes y una mínima ética empresarial, enmarcadas en el ya conocido concepto de responsabilidad social empresarial.

Una tonelada de CO2 causa los mismos problemas de calentamiento global, independientemente de si se emite en Europa, en EE UU, en China o la India. Asimismo, de acuerdo con las agendas de desarrollo mundial (objetivos del milenio?), hay que seguir reclamando que cualquier trabajador de cualquier país del mundo tenga garantizados unos derechos mínimos en materia de seguridad laboral, retribución monetaria, asistencia médica en caso de enfermedad, etcétera.

En un escenario de ámbito más local, la innovación y la internacionalización deben considerarse dos vectores de presente y futuro para las empresas y organizaciones españolas. Pero podemos aspirar también a que las medidas anteriores, con efecto en el medio-largo plazo, se apuntalen con otras más inmediatas que deberían plantearse en cualquier organización como respuesta inmediata e inteligente contra la crisis.

l Romper rigideces. Como primera medida, quiero referirme al necesario ajuste de la capacidad productiva de nuestras empresas, que debe acompasarse a las fluctuaciones de la demanda. Tradicionalmente este ajuste se ha venido produciendo a través del despido o de los expedientes de regulación de empleo. Sin embargo, una aplicación responsable de la solidaridad exige que todas las personas de la empresa traten de acomodarse a la nueva situación, facilitando en primer lugar la flexibilidad en los calendarios de trabajo (calendarios móviles).

Es de sentido común que en época de crisis la empresa debe hacer gala de una disponibilidad total para con sus clientes, de forma que cuando entra un pedido todos los recursos productivos deben estar disponibles y dispuestos a responder con la máxima eficacia. De esta forma podrá diferenciarse de otros proveedores con mayores rigideces. Por el contrario, cuando no entran pedidos es el momento de aprovechar el tiempo para realizar otras tareas necesarias para la empresa (mantenimiento, formación, labor comercial, etcétera). Incluso horas de trabajo dedicadas en exceso en un año podrán compensarse en otros ejercicios si fuera necesario. Se trata, en definitiva, de innovar en gestión, integrando una fuerte orientación al cliente con políticas de conciliación de acuerdo con las responsabilidades asociadas a los actuales estilos de vida y cargas familiares.

l Más competitividad. La flexibilidad en los calendarios se facilita cuando en la plantilla predominan las polivalencias, de forma que es más sencillo que una persona pueda desempeñar diferentes funciones dentro de su equipo, o en otros equipos, incluso en otras empresas si se trabaja en alianzas, corporaciones, cooperativas, etcétera.

Más allá del ajuste de la capacidad productiva, es necesario también aumentar la competitividad de la empresa. A la espera de que las inversiones en innovación e internacionalización puedan dar sus frutos, a veces puede requerirse un ajuste de la retribución del trabajo. Disponemos de muchos ejemplos, las cooperativas, donde las asambleas de socios han aceptado ajustes de sus retribuciones, con el objetivo común de mejorar o mantener la competitividad de la empresa. Estos ajustes deben permitir afrontar situaciones de crisis y podrán ser compensados en ejercicios posteriores si la situación del mercado y la coyuntura lo permiten.

En nuestro entorno empresarial es bien conocido cómo las cooperativas, ante la situación de crisis, han estado en general mejor preparadas para afrontar una situación tan severa. Constituyen, así, una «buena práctica» cercana que debemos tratar de imitar en lo posible. Es verdad que la obligación de las cooperativas de dotar con un 20% de sus resultados anuales a un fondo de reserva obligatorio, junto con la costumbre arraigada de capitalización de gran parte de sus beneficios, las han situado en una situación financiera de partida mejor que otros tipos de organizaciones. La asociación con otras organizaciones también ha facilitado instrumentos de ayuda y solidaridad intercooperativa, que son imposibles para otras empresas.

Pero quiero aquí destacar cómo el doble papel de trabajador y propietario que desempeñan los socios cooperativistas ha facilitado la asunción de ejercicios de solidaridad y responsabilidad dentro y entre las cooperativas. De esta manera, todas ellas se han puesto como objetivo primordial el mantenimiento del empleo de sus asociados (lamentablemente, no todas las personas empleadas lo son), lo que en la difícil situación actual les ha permitido tomar decisiones duras pero a veces necesarias.

l Nuevos modelos de participación. A partir de todo lo anterior, no está en mi ánimo proponer que todas las organizaciones se conviertan en cooperativas, ni mucho menos. Sin embargo, cada día son más frecuentes los casos de empresas que están innovando y abriéndose a nuevos modelos de financiación y propiedad, facilitando la entrada en el capital de la empresa a las personas trabajadoras. Estos nuevos modelos han facilitado a veces la supervivencia de organizaciones de carácter familiar, que no habían podido resolver adecuadamente el relevo en la propiedad de la empresa.

En otras ocasiones la innovación no ha sido tan radical, pero sí se ha facilitado que los trabajadores pudieran participar, si no en la propiedad, sí en el reparto de los beneficios generados, acompañado a la vez por un incremento en la responsabilidad, a través de su organización en equipos o células autogestionadas de trabajo. Me estoy refiriendo ahora a los denominados modelos organizativos basados en personas.

Una empresa organizada desde sus personas estará necesariamente mejor posicionada en un escenario económico mundial donde se valore el compromiso social y medioambiental de las organizaciones, penalizando a las que no cumplan. A su vez, estas empresas estarán mejor preparadas para responder a los retos de innovación e internacionalización planteados en un contexto de máxima incertidumbre. Porque no debemos olvidar que innovan las personas, mientras que las empresas deben facilitar los entornos organizativos más apropiados para que ello suceda.