Como decían «in illo tempore», estamos solos, te pongas arriba o te pongas abajo. Frase lapidaria que mis antecesores me repetían al menor síntoma de rebeldía. Así que, conclusión, hoy no me pongo ni arriba ni tampoco debajo. Me oculto en lo más profundo de mis sentimientos interiores. Porque a estas alturas de la pelea -terrible pelea cotidiana- he comprendido fatalmente que estamos solos. Usted, el que pasa por la acera, el que camina a mi lado o el que hace cola en el paro, e indefectiblemente yo también, estamos solos.

Estar solo es un producto de la lógica cotidiana que aprendemos pronto. Fíjense si lo hemos aprendido, que el hombre ya nace en absoluta soledad. No importa quién esté a su lado en ese momento, ni matronas, ginecólogos, ni observadores varios, todos ellos, y hasta incluso sus padres, nada significan para él. La propia madre que lo está pariendo no es mucho más que una absoluta desconocida. El recién nacido a nadie conoce, en nadie se apoya y ninguna ayuda anímica le sirve. Nace y aquí se acaba esta parte del cuento. Es a partir de ahí cuando comenzará a comprender la enorme dimensión de toda la soledad que comporta la vida.

El tránsito vital, aunque muchas veces lleno de posibles compañeros, nos conduce cotidianamente a la propia soledad. Es más, incluso en los errores o en los aciertos, uno comprende que está solo. En las alegrías y en las penas, en la gloria o en la desgracia, la única compañera posible es precisamente la soledad. Tan solos estamos, tan a nuestra propia merced, que una vez más la vida nos enseña que en el último paso, en el paso de la muerte, estaremos más solos que nunca. Quizá como el recién nacido, desconocedor de todo lo que le rodea, al ser humano a punto de fenecer no le importan mucho ni los que están ni los que quedan. Él, más que nadie, sabe que todo está consumado y que la soledad, ésa que siempre tuvo al alcance de la mano, es la única y postrer compañera. Y si hay algo de lo que sepa, por supuesto como observador, es precisamente de la muerte. Del último acto, en el que cualquier ser humano es más consciente de sí mismo que de aquellos que contemplan su óbito. He visto morir a demasiada gente para mi gusto, condenado a ser espectador forzoso de los últimos segundos, y si algo había común en todos ellos, era precisamente la ausencia de necesidad de cualquier compañía que no fuese la rápida transición hacia la condición del no ser material. Mi abuelo murió mientras lo miraba exhalar las últimas boqueadas de aire y lo hizo en completa soledad a pesar de estar acompañado. Mi octogenaria abuela, a la que sujetaba la mano, simplemente emitió un suspiro y pareció partir aliviada de una vez. Luego vino mi padre, mi madre, y ellos, como los anteriores, fueron de la vida a la muerte tan solos como habían llegado muchos años antes. Me viene a la cabeza una anécdota más que aleccionadora, hace algún tiempo, encontrándome en mi casa del pueblo falleció de madrugada uno de mis vecinos. Como es lógico acudí a darle el pésame a la hija que con él vivía y ella, compungida, me dijo: «Si estaba bien, esta madrugada lo oí toser. Y luego, cuando fui a verlo, se había muerto». Guardé respetuoso silencio, asentí con un gesto comprensivo y no quise explicarle que aquellas toses no fueron otra cosa que su último estertor. Estaba acompañado y, sin embargo, se fue del brazo de su propia soledad.

Estas reflexiones me llevan sin remedio a la crítica inmediata, a la demanda más exigente antes de que esa soledad definitiva me llame a mí también. Y atisbo que, sin ninguna duda, ante la caterva de dirigentes que dicen ordenar, regir y conducir nuestra vida diaria -eso creen ellos, confundiendo administrar con joder-, prefiero mi querida soledad, por la que nunca seré traicionado. Ella es la que siempre permanece a mi lado, la que inspira mis sentimientos, la que dicta de algún modo mis naufragios. Porque dicho ya sin reservas, toda vida es un naufragio aunque uno no quiera.