03 de octubre de 2012
03.10.2012
Lo que hay que oír

¿Soy Keith Luger?

Los errores que alberga internet

03.10.2012 | 20:04
¿Soy Keith Luger?

Hagan ustedes conmigo, por favor, el siguiente ejercicio recreativo. Tecleen «Keith Luger» en el buscador de Google. Esperen los 0.23 segundos de rigor. Ahora, reparen en las siete fotos que figuran bajo la tira «Imágenes de Keith Luger - Informar sobre las imágenes». Seis de ellas reproducen portadas de obras escritas por Miguel Oliveros Tovar, muerto en 1985, quien firmó sus más de quinientas novelas, del Oeste sobre todo, y alguno de sus guiones de cine, bajo el seudónimo de «Keith Luger». Esa media docena de carátulas que ustedes ven en Google poseen títulos extraordinarios, colosales: «Muy alto, muy rubio, muy muerto», «El pistolero de un solo ojo», «Matadme, si podéis», «Muerte de una pelirroja», «Un sheriff en vacaciones»... Por no hablar de cómo llamó el señor Oliveros / «Luger» a una de sus historias para la pantalla, pues muy hombre, todo un carácter, hay que haber sido para titularla nada menos que «Chinos y minifaldas». Olé y olé. Sin embargo, la restante imagen googliana refleja la cara de un señor de bigote cano, a medio sonreír, algo narigón, de frente pero que muy despejada y camisa negra. Será Keith Luger, pensará con razón el lector, ya que así lo pone internet e internet no engaña. Pues no, señoras y señores: no es Keith Luger, soy yo, es un servidor de ustedes, es el arriba firmante, es aquí el menda, tal como lo están leyendo.

Ese mismo proceso acrítico que he pedido hacer al amable lector es el mismo que han llevado a cabo los responsables del volumen «Bolsilibro & Cinema bis», de reciente edición. En su página 114, aparece esa foto mía (la misma que LA NUEVA ESPAÑA utilizó para mis artículos del 2009) encabezando el siguiente texto: «Sobre estas líneas, Miguel Oliveros Tovar (Keith Luger)». Pincharon en Google, vieron la antedicha tira de imágenes y se dijeron que ya estaba, que ya tenían foto de Keith Luger para su libro. Lo mismito que hizo el blog «Viajes desde el sillón», donde también aparece mi careto como si el de Keith Luger fuere. De modo que mis amigos, conocidos, saludados, vecinos, parientes y enemigos ya murmuran a mi paso: «Mira qué callado se lo tenía. Resulta que firmaba "Francisco García Pérez" y era en realidad "Keith Luger"». ¿A quién va a creer la gente? ¿A internet o a este columnista? Me ocurre como a aquel paciente de un famoso doctor al que los camilleros conducían a la morgue: «Pero ¿adónde me llevan, si estoy vivo?», pregunta el pobre. Uno de los celadores le tapa la boca: «¡Cállese! ¿Va a saber usted más que el médico?». Es más: ¿no me interesa a mí mismo pasar a la Historia como autor de medio millar de novelas de quiosco antes que como profe y escritor de intelectualadas? Que corra la bola. La confusión vino de que en abril del 2009 escribí en estas mismas páginas un artículo titulado «23-A» (fíjense cuánto pierde si lo comparamos con los encabezamientos de Keith Luger) en el que mencionaba la gran afición que mi difunto padre tuvo a las novelas del Oeste, a las de Zane Grey, Marcial Lafuente Estefanía€ y Keith Luger. Aquellas líneas las encabezaba la dichosa foto, la foto pasó a internet, se etiquetó como «Keith Luger» y se formó el lío, con gran diversión por mi parte.

Ahora bien: ¿cuántos cientos de miles de errores semejantes, si no millones, albergará internet?, ¿cuántas keithlugeradas no habrá en la red?, ¿cuántas mentiras gordas sobre asuntos de verdadera entidad, de las que forman opinión?, ¿cuántas veces he tenido que negar en clase un dato o una historia de un alumno antes de que el chaval se me quedase mirando como a un bicho rarísimo y me respondiese lleno de desconfianza: «Pues yo, profe, lo he leído en internés, es lo que hay, tío». Internet, utilísima herramienta, fantástico invento, cobija también embustes a mogollón, miente más que pestañea un llorica. El Poder anida en la Red sus tergiversaciones más queridas y la Ignorancia vive en muchas de sus páginas. Por eso navego por ella con mucho tiento. Por eso sigo comprando periódicos y leyendo a los grandes periodistas para saber a qué atenerme de verdad.

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