06 de diciembre de 2012
06.12.2012
La Nueva España
Soserías

Apariciones y desapariciones

Carta a Benedicto XVI

06.12.2012 | 01:00

Las épocas floridas son de mucha imaginación y nos traen, junto a grandes creaciones artísticas -en la pintura, en la literatura, en el ars amandi, en los fogones, etcétera-, también espectaculares apariciones, y la religión en esto nos enseña mucho. Apariciones como las de la Virgen, señora de los reinos, en praderías floridas o con una fuente o en un clarear del bosque, siempre nimbada la Señora de bellas luces, de cielos vestidos de estrellas, o por un sol pletórico de quilates: acá era la de Fátima; allá, la de Lourdes; o la de la Sierra, o la del Valle, todas hermosas y derramando bendiciones y triunfos, perpetuamente renovados, entre los mortales.


Son momentos de gozo los que propician estas imágenes, mezcla de quimera y ensueño, un torbellino que alienta e ilumina la fantasía. Pero para verlas es indispensable gozar de la necesaria predisposición para ello. Quiero decir que el ciudadano que no ve más allá de sus narices de besugo consumado, de adocenado espectador del esfuerzo ajeno, quien no es capaz de recrearse en naderías, en vagos placeres, inútiles como un editorial de periódico o una de estas «soserías», ése no es capaz de reparar en la cercanía de un ser quimérico junto a él y sería capaz incluso de darle un papirotazo y apartarlo para afanarse en cualquier prosaica diligencia bancaria o bursátil. Sépase que no hay remedio con estos sujetos que disfrutan yendo de un lado para otro con ojos de vacua concentración, o lo pasan pipa «estando reunidos» o en permanente e infecunda agitación.


Pues lo importante en la vida es llenarla de caprichos, de paparruchas doradas, de humor inofensivo, de felicidades sencillas y por eso es tan beneficiosa la existencia de historias bien urdidas como éstas de las apariciones de las Vírgenes o los milagros del Nuevo Testamento, hallazgos insuperables con los que nutrimos lo mejor de nosotros siendo todo lo demás -la realidad y sus aledaños- peña hiriente, pantano lóbrego, el disfavor de los dioses.


Por eso no perdono al Santo Padre que nos derribe los mitos y esas cándidas creencias que nos han permitido mantenernos erguidos. Y es que Benedicto se solaza anunciando desapariciones y así, ayer, nos confesó que el infierno no existe. Claro que no, ilustre catedrático de Teología, ya lo sabíamos, todos éramos conscientes de que se trataba de un truco para asustar y sacarnos los cuartos; pero era tan eficaz, tan lleno de resonancias literarias desde que leímos a Dante con sus círculos, y sus reyes y sus papas y sus traidores y toda aquella gentuza cuya vida ultraterrena entre llamas nos complacía y nos ayudaba a soportar la terrena... Pues, desde hace unos años, esta maravilla de la ilusión, el papa Benedicto, apoyado en sus selectos saberes, nos la suprime y encima le pone notas a pie de página. Esto es una crueldad innecesaria, señor Padre Santo.


Que se la podríamos perdonar si no se le hubiera ocurrido hace unos días otra desaparición. Pues ¿qué autoridad tiene Su Santidad para, de un papirotazo, desmontarnos el belén suprimiendo el burro y el buey del portal navideño? También sabíamos que estos mamíferos en el trance natalicio eran puro embeleco, tan ingenuos no somos, pero ¿qué necesidad había de hacernos caer del burro? Ninguna, acaso un prurito de pureza teológica, apta para sacar una cátedra o escribir un doctorado, pero inservible para fantasear.


La religión -parece mentira tener que recordárselo, Sabio y Santo Padre- es una fantasía, pura inspiración, la poesía que alfombra el camino hacia la Gloria.

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