20 de diciembre de 2012
20.12.2012
Soserías

Barbas reales

A propósito de la nueva imagen del Príncipe de Asturias

20.12.2012 | 01:00

Es verdad que la barba en la actualidad carece de la perdurabilidad que tuvo tiempo ha pues bien sabemos que, en el pasado, cuando un varón decidía dejársela, se trataba de algo duradero, no sujeto a vaivenes pasajeros ni a modas inconstantes. Y así, cuando pensamos en personajes como Olózaga o Sagasta o Menéndez y Pelayo, los tenemos en la mente siempre con su barba pues fueron muy fieles a su desparrame capilar. Y de él hicieron incluso su particular seña de identidad.


Se convendrá conmigo que esta sostenida convicción sobre la barba desapareció hace tiempo de suerte que hoy podemos ver a un personaje lampiño un día y barbado al mes siguiente y viceversa. Sin que a la mutación nadie le conceda la menor importancia. Con ello, se ha ganado en desconcierto pero se ha perdido, claro es, en seriedad pues la barba queda degradada a la condición de objeto de quita y pon, de disfraz efímero. Pasa como con los tatuajes a los que dediqué mi reflexión soseril hace unos meses: también ellos aparecen y desaparecen con la fluidez de la máscara de un cómico en un tablado.


Es -se me dirá- el signo de los tiempos pues todo en él es volátil como una cotización de bolsa o el toque del desodorante.


Esta sesuda cavilación sobre la barba viene a cuento porque veo desde hace poco a nuestro joven príncipe de Asturias, heredero de la corona de España, luciendo una barba poblada. Y me pregunto si estamos ante un postizo inconsistente, inspirado en la frívola coyuntura de una foto en el «Hola», o ante una decisión regia tomada con firmeza y vocación de estabilidad. Una decisión de las que otorgan carácter y temple. Porque de un príncipe se espera coherencia y, pues que hablamos de barbas, coherencia capilar.


Carezco de autoridad para inmiscuirme en sus opciones estéticas pero me permito hacerle ver, desde el respeto, que, si persiste en exhibirse con barba, rompe con la tradición borbónica pues desde Felipe V para acá los reyes no llevaron barba. Gastaron peluca, que era lo propio del barroco, pero no barba. Alfonso XII, en el siglo XIX, lució, sí, unas enormes patillas y un aparatoso bigote pero no barba propiamente dicha. Y lo mismo puede decirse de Alfonso XIII, aunque este fue más inconstante con sus añadidos capilares fiel a su condición de regio botarate.


Sepa pues don Felipe que, con su barba, engarza con las personas reales de la casa de Austria pues tanto el emperador Carlos (ahí está Tiziano para corroborarlo) como los Felipes hasta el cuarto gastaron barba hirsuta interrumpiéndose la tradición solo con Carlos II (a Carreño me remito) pero para este soberano la ausencia de barba era una carencia más de su particular colección de descuidos.


Y asimismo enlaza nuestro don Felipe con los reyes godos -la lista famosa de nuestras tribulaciones infantiles- pues casi todos aquellos fugaces monarcas fueron imponentes barbados: los Eurico, Alarico, Gundemaro, Witiza, etc.


¿Es todo ello puro chascarrillo? De ninguna manera. Antes, al contrario, se impone una meditación severa sobre estos símbolos. Porque es bien sabido que políticos hay en la actual España que sueñan con reeditar los modos austriacos para edificar sus aspiraciones nacionalistas por lo que sería prudente no ofrecerles fáciles remembranzas.


A menos que la actual barba principesca sea heredera de la muy simpática de los reyes magos y entonces sería una imagen de sencilla decoración, de presencia tranquilizadora y acogedora, de discursos de humo, de palabras esponjosas e inofensivas...

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