Manifiesta el ciudadano Urdangarín -por boca de su abogado- que la fianza que le han impuesto ante sus implicaciones le conducirá a un «injusto empobrecimiento», dando por sentado que tamaña fianza es, cuando menos, desmesurada y que además a un personaje como él, miembro de la élite, puede llevarlo sin remedio a la pobreza. Míralo, ¡quiere saber más que el juez! Este pobre hombre se olvida, cuando menos, del resto de los ciudadanos, que no salen de un sobresalto para meterse en otro. Que esperan cada mañana que las noticias de corrupción, de chanchullos y trapacerías en las que están implicados muchos políticos vuelvan a ponerles los pelos de punta y les aumenten la desazón con la certeza cada día más inmediata de que todo este tinglado de delincuencia no va a haber quien lo desmonte. Cuando menos, a la mayoría de nosotros, comunes mortales, nos da la impresión de que este país está lleno de una putrefacción tan desmesurada que vamos camino de la septicemia a no ser que comencemos a amputar sin más dilación.

¿Es ingenuidad o cinismo lo que esgrime nuestro ciudadano Urdangarín? Porque debiera pensar que empobrecimiento injusto lo están sufriendo un sinnúmero de compatriotas y no se ve cercano el remedio a tanta desmesura e injusticia. Empobrecidos están los parados de corta o larga duración. Jóvenes, menos jóvenes y los más adultos que ven la posibilidad de un empleo a su edad como una quimera imposible. Empobrecidos están los niños que no pueden acceder a los comedores escolares y, en muchos casos, van a clase con las tripas vacías y el estómago encogido. Arruinados quedan los que pierden su casa por impago y a continuación ven cómo el desahucio los deja en la calle con lo puesto, sin que nadie más que unos pocos voluntarios intenten detener tamaña injusticia. Hundidos se encuentran los que víctimas del abandono más absoluto de los poderes públicos acuden a saciar el hambre más elemental en los comedores de caridad, que hacen más de lo que pueden. Hundidos están los ancianos que, carentes de medios, apenas cuentan con dinero para comprar las medicinas que su estado requiere o mantienen en los fríos días de invierno la calefacción sin encender porque no cuentan con medios para pagarla. Abatidos están los jubilados que ven cómo sus pensiones se les escurren entre los dedos como agua en la palma de una mano, los funcionarios, que han perdido tanto poder adquisitivo que ya comienzan a considerar que el pasado fue un sueño; los pequeños autónomos, que gimen porque no cobran de sus deudores y aun así tienen que pagar unos impuestos que aún no han percibido.

En suma, dañada está esta comunidad entera; deshecha, la mayor parte de la sociedad, que ve cómo muchos de sus representantes públicos viven colmados de privilegios y aun les parecen tan parcos que no se sonrojan si encuentran la posibilidad de aumentar sus peculios con las artimañas que sean menester. Pero usted, no, ciudadano Urdangarín, usted, no. Porque usted, a diferencia de muchísimos de sus compatriotas -porque espero que usted se considere parte de este mundo y no de la corte celestial-, tiene una esposa con posibles que siempre podrá echarle una mano y una familia, una familia con más posibles que ninguna en la abatida España, por lo que no me diga que no es consciente de que nunca le faltará un plato de comida para usted y los suyos, un apartamento por modesto que sea y una educación para sus vástagos aunque sea en la enseñanza pública y gratuita. Así que, no se deje abatir, ¡ánimo! Siempre podrá empezar de nuevo, admita que usted vale algo más que un rostro crispado, que una queja en el aire o que una rendición antes de haber comenzado la lucha que le espera. Y además, caray, ha demostrado su gran valía en la consolidación del golf y la vela en las Baleares. Eso no lo puede decir cualquiera.