La ocurrencia del socialista catalán Navarro pidiendo la abdicación del Rey de España es una pirueta demagógica tan chusca como un chascarrillo callejero. Para empezar, deja con sus palabras dos posiciones claras: que no es absoluto republicano, ya que la abdicación traería la subida al trono del príncipe Felipe, y que le preocupa el destino del reino de España, lo que demuestra que tampoco es en absoluto nacionalista. Lo que no tiene en cuenta este buen señor es que una abdicación, por voluntaria que sea, nunca sale gratis a la ciudadanía, y menudos estamos nosotros para gastos y boatos. Por una parte, habría que buscarle una ubicación digna a quien ocupó la jefatura del Estado bastante años. Por otra, habría que pasarle una asignación que le permita mantener un ápice de su dignidad, como hizo la II República con su abuelo Alfonso XIII. Y para colmo de males, el dispendio que traerá consigo una coronación del sucesor puede ser el hachazo definitivo que acabase de una vez por todas con la poca liquidez que nos queda. Que no debe de ser mucha.

La ocurrencia del señor Navarro, además de desafortunada, está fuera de todo contexto, cuando menos. No ha colaborado a dar ni medio paso hacia el republicanismo que muchos profesamos y que ansiamos como modo de gobierno para esta desgraciada nación. El ciudadano don Juan Carlos de Borbón lo que tiene que hacer no es abdicar, que es ceder su soberanía o renunciar a ella, sino más bien hacer las maletas del modo más discreto e irse sin meter ruido. Tras él se irían sus descendientes si así lo desean, porque si no lo desean les queda un puesto en esta sociedad, siempre acorde, desde luego, con su valía y saber. Ni más ni menos que igual que cualquier ciudadano normal. Y para ello, nada mejor que un creciente clamor popular por la futura República, que poco a poco se convierta en estruendo insostenible, hasta que ésta sea una realidad inminente. Quedando, así, la Monarquía como un sueño de otros tiempos y como parte de una historia que nuestros vástagos estudiarían en un futuro con el interés que se merece tal cambio.

Así que, no pedimos mucho más que organizar un Estado cuya máxima autoridad sea elegida por los ciudadanos (no por el Parlamento como alternativa) para un período determinado de antemano. Como todo el mundo sabe, los parlamentarios pueden elegir al presidente de la futura República sin la intervención de la ciudadanía, pero tal y como están las cosas creo que no encontraría a nadie que no mirase con recelo a uno u otro lado del arco parlamentario, si no observan con mayor temor y reservas a todo el grupo en su conjunto.

Dejando a un lado la cuestión crematística del asunto, que no es tema baladí, mientras escribo estas líneas pienso en la cantidad ingente de esfuerzos que nos quedan por acometer, la tremenda concienciación de nuestros paisanos más renuentes que habrá que llevar a cabo, la difusión de una alternativa que aún algunos hoy en día miran con temor, si no es con horror, y pienso en el largo y áspero camino que nos queda hasta llegar a nuestro destino. Pero también me consuela que a mi lado y a lo mejor sin ser consciente de ello hay muchos más de los que creemos aspirando a una sociedad más justa y mejor, que podría sernos dada si el común de los ciudadanos puede intervenir de modo directo en la política, que queramos o no, nos atañe día tras día. Aspirar a una República no es ningún delito, aspirar a una República es y debe ser el ansia cotidiana de una inmensa mayoría, sólo así lograremos un día -como en otro tiempo- dormirnos placenteramente, sabiendo que mañana con nuestro voto directo habrán cambiado las cosas inexorablemente.