16 de mayo de 2013
16.05.2013
La Nueva España
Soserías

Blando y duro: a propósito de nuevas lenguas

La aparición del lapao y el lapapyp en Aragón

16.05.2013 | 00:00
Blando y duro: a propósito de nuevas lenguas

Voces irritadas se han oído estos días por la aparición de dos nuevos idiomas en esa región alicatada de historia que es Aragón donde han descubierto el lapao y el lapapyp. Y lo han hecho de repente, como quien descubre un nuevo bacilo o una bacteria de prestigio. Hasta ahora los idiomas eran el resultado de la sedimentación del habla de las gentes, de la forma que estas tenían para expresar por escrito el amor, la cólera, la desesperanza o la alegría y todo ello era en efecto fruto del paso perezoso de los tiempos. Nuestra España actual es sin embargo postmoderna, viva, futbolera, ocurrente, peregrina, chistosa y por eso igual descubre unos idiomas como pone alegremente en circulación una nueva palabra o una expresión. Así por ejemplo desde hace poco «ponemos en valor» todo lo que pillamos a nuestro alcance, que es mucho y de valor.


Tal disposición de ánimo, antes que condenarla o ser objeto de burla, debe celebrarse y yo así lo hago en estas líneas.


Ahora bien, creo que el descubrimiento de los idiomas lapao y lapapyp tiene más que ver con una exposición fastuosa abierta hace poco en Madrid. Me refiero a la de Salvador Dalí. Hay en ella un cuadro «emblemático» (este es otro hallazgo reciente), el famoso de los relojes blandos. Según el autor, parece que la idea le vino, una vez acabado un paisaje marino de Cadaqués, de una merienda que hizo a base de queso Camembert y la evocación de su forma, precisamente blanda. Luego se ha ido rellenando el feliz motivo con el tiempo y su fugacidad y con otras recreaciones.


Nosotros, con el cuadro y los relojes en la cabeza, hemos empezado a dar vueltas a lo blando y tal parece que estuviéramos descubriendo la riqueza de su contenido y la fertilidad de sus entretelas. Y es por ese camino, bien sembrado de sorpresas, por donde llegamos al lapao y el lapapyp que serían así idiomas blandos, por contraposición a los idiomas rígidos y estrictos, aquellos -como el español- sometidos a las normas severas de la Docta Casa, a los diccionarios, a la sintaxis y a otras pelmadas que solo sirven para suspender a pobres chicos obligados a robar tiempo a la «Champions». Tenemos así en el solar patrio conviviendo idiomas tiesos y tan endurecidos como las arterias de un valetudinario e idiomas blandos, templados y suaves.


¿Quien puede negar que es una muestra más de nuestra riqueza, de nuestra condición de «cráneos privilegiados» como hubiera dicho Valle-Inclán? (por cierto hay que traducir su obra cuanto antes al lapapyp).


Creo, sin embargo, que nosotros, antes que el cuadro de Dalí nos lo recordara, ya habíamos dado con lo blando y por eso hablamos desde hace tiempo del «derecho blando» (lo decimos en inglés como políglotas que somos: soft law), del fútbol blando, del tenis blando... O describimos el despeje blando de aquel futbolero, y en el ámbito de los toros, decimos que se lidió un sobrero blando o que el encierro en su conjunto fue blando. Y así sucesivamente...


Y es que España, en su conjunto, se nos ha vuelto blanda, esponjosilla, dúctil, un sí es o no fluida. Hoy su imagen, en vez del toro de Domecq, acaso sea la de una botella de gaseosa, blanda por supuesto, de la que se desprende una espuma abatida.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook