20 de agosto de 2013
20.08.2013

La gatera

Las vías de los poderosos para escapar de la justicia

20.08.2013 | 00:00
Granero finlandés con gatera.

Si los gatos dispusieran de un sindicato, de un abogado o, al menos, de un procurador de los tribunales, reivindicarían la recuperación de la gatera, que era una trampilla o simple agujero, en una puerta, pared o ventana, que permitía a los músaros entrar o salir libremente en las casas. Los gatos fueron privados de la gatera en los nuevos edificios de hace un siglo, aproximadamente, sin negociación, sin diálogo y con una política de hechos consumados, exactamente como ahora se deja a los trabajadores sin los derechos laborales. La gatera es una muestra del refinamiento y la perfección que llegó a tener el ordenamiento de nuestra vieja sociedad rural. Los campesinos ingleses mostraban su valoración de los diferentes tipos de trampillas, que permitían pasar a los gatos en una u otra dirección, atribuyendo su invento al mismo Newton. Aunque la gatera ya se da en graneros nórdicos del s. XVII, donde las bajas temperaturas del invierno, de hasta -30 grados, permiten la conservación de la carne fuera del granero, sin los problemas de los países europeos más meridionales. Por eso, los graneros del norte de Europa tienen gatera, lo que sería inconcebible en uno de nuestros hórreos. Siendo el gato uno de los últimos animales caseros en ser domesticado, probablemente hacia 1600 a. C. en Egipto donde tenía carácter de animal sagrado, debe su gran éxito en Europa a su benemérito trabajo de cazador de ratones y a sus magistrales lecciones de higiene, ya que se lava hasta veinte veces al día.

Pero las gateras no han desaparecido entre nosotros. En la jerga del lenguaje judicial se llama gatera a los defectos de forma por los que los grandes despachos de abogados libran a los poderosos de ir a la trena, en un uso abusivo de las garantías procesales, según Antonio Avendaño. Dejamos sin gatera a los pobres mininos y se la pasamos a los grandes corruptos que, apelando a defectos formales, bloquean los procesos judiciales en que se ven incursos. Así, en el proceso a Naseiro, en 1990, se invocó que se habían producido escuchas ilegales, y, en el que se sigue actualmente a Ortega Cano, por el accidente que el 28-5-2011 costó la vida a Carlos Parra Castillo, se alega que las muestras de sangre del torero, que habían dado 1,26 gramos de alcohol por litro, no fueron guardadas con la seguridad de las cajas fuertes de un banco, y que «pudo haber ruptura en la cadena de custodias de la muestra».

Hay tres clases de felinos. Además de los grandes felinos, como el león o el tigre, cazadores de animales vivos, y de los pequeños felinos, cazadores de ratones, como los gatos, están los felinos «grandones», bípedos implumes -como decía Platón-, que también «se lo llevan crudo» lo que cazan, que antes eran pesetas y que, ahora, dicen que se llaman euros. Los felinos grandones, que se dedican a la caza mayor, conocen bien el mayor secreto de nuestra moral colectiva, esa extraña convicción de los españoles, que tanto sorprende a muchos de los extranjeros que nos visitan: que lo que es de todos no es de nadie. Y, si alguien consigue apoderarse fraudulentamente de algo público, se mira con indiferencia, y, a veces, hasta con envidia. Pero nadie mueve un dedo. El que se apodera de bienes públicos tiene, eso sí, que cuidarse de no llevar por delante algún bien privado y de no dejar ningún rastro documental de la fechoría. Además, por si acaso, cuenta con la ratonera, por donde los grandes despachos de abogados, mediante el descubrimiento de algún defecto de forma en el proceso judicial, lo librarán de la privación de libertad. La devolución de lo sustraído al patrimonio público ni se considera en ningún caso.

Hay, sin embargo, hechos esperanzadores en esta evolución del significado de la gatera. En la campiña inglesa, hay gateras con topes electromagnéticos o con cerraduras infrarrojas, que se abren sólo cuando los dispositivos que el gato lleva en el cuello transmiten el código correcto. Y, en Asturias, pese al atropello de privar al gato de un derecho de paso secularmente consolidado, los músaros son los últimos animales libres en nuestras aldeas, ya que las vacas, ovejas, gallinas, cerdos y perros tienen condición de prisioneros con régimen de libertad vigilada. Sólo los gatos caminan por las «caleas» de los pueblos libres, solemnes, despaciosos, como si fueran tigres de Bengala, sin tener la servidumbre antigua de tener que subirse constantemente a los palos de la luz o a los árboles por el acoso de algunos perros.

Pero, sobre todo, es un dato alentador la creciente conciencia cívica de la gente, muy sensibilizada ante la corrupción de algunos individuos de todos los grupos políticos e instituciones que han alcanzado el poder, y que exige, de modo ineludible, a los grandes partidos la voluntad de luchar contra las irregularidades económicas, así como la reforma drástica y urgente de la administración pública.

En la búsqueda de cabezas de turco, deben perseguirse, sobre todo, los felinos grandones, con cuantiosas fortunas de origen no dudoso, claramente fraudulentas, que se mueren de risa, como Montoro, en sus fastuosas ínsulas, cada vez que el ministro de Hacienda suprime o disminuye la paga de algún pobre infeliz. Eso sí, los felinos «grandones» tienen una buena gatera preparada, por si acaso.

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