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Javier Ciervo

Un momento vital

Javier Cuervo

María Sanhuesa vio y vivió la música barroca en La Corte

La profesora de Musicología evoca un concierto y una espicha con "The Scholars" en Oviedo - Investigadora del archivo de la Catedral y del teatro del Fontán

Cargada con el bolso y la carpeta de apuntes de la Facultad, María Sanhuesa entró en La Corte, dejando atrás la luz de una buena tarde del otoño de 1989. Avanzó iglesia adelante sobre sus zapatos de medio tacón, vestida con un traje de lana marrón con chaqueta corta y pantalón de talle alto. Su media melena oscura se movía de izquierda a derecha cuando miraba en busca de un asiento libre lo más cercano posible al altar. Se acomodó en la segunda fila de banco, en el extremo derecho del pasillo.

La iglesia estaba llena para ver al grupo inglés "The Scholars", que presentaban "Vespro della beata vergine", una obra de 1610 compuesta por Claudio Monteverdi, programada dentro de los conciertos de otoño de la Universidad de Oviedo.

María tenía interés en aquel concierto. Su madre le había regalado hacía unos años la novela histórica "El músico del duque de Mantua", del escritor húngaro László Passuth, y su lectura la había fascinado. Contaba la vida de Monteverdi al servicios del duque de Mantua, la música de la época y la composición y estreno de "Orfeo", una de las primeras óperas. Hasta entonces, María sólo había oído madrigales de Monteverdi y le gustaban mucho.

La música era importante en sus 23 años de vida. A los 10 había empezado, por deseo propio, en el Conservatorio de la calle Rosal. Había estudiado piano y algo de viola. No venía de una familia de músicos ni de melómanos pero la música sonaba en su casa.

Sus padres eran médicos estomatólogos y sus horarios les impedían ser público de concierto como lo habían sido en el Festival de Granada cuando estudiaban la carrera. Cuando tenía 14 años María quiso ver su primera ópera en el teatro Campoamor y la acompañó su tío José María Barella Miró, marido de la hermana de su padre, barcelonés con abono en el Liceo. Le pareció maravilloso que todo se dijera cantando y ese espacio y ese tiempo no real que crea el teatro cuando fuera es de día y, de pronto, en el escenario es de noche. Volvió a la ópera, en seguida sola.

En La Corte había profesores de Musicología, la carrera que María acababa de empezar a los 23 años. Había terminado Filología Clásica en junio y se había reenganchado a la Universidad en octubre.

Oviedo no tenía la carrera de Musicología cuando ella había entrado en la Universidad. Empezó a impartirse cuando estaba en la mitad de sus estudios de Filología Clásica, una carrera en la que creía y que decidió acabar.

Ahora pretendía aprovechar aquellos conocimientos poniéndolos en relación con la que ya tenía de música porque no pensaba sacar una oposición para lidiar con nadie en un instituto. Sólo le habían convalidado cuatro asignaturas y le quedaban cuatro cursos por delante.

El grupo de instrumentistas se instaló en semicírculo y los cantantes detrás. El cuarteto vocal lo formaban la soprano Kym Amps, el contratenor Angus Davidson, el tenor Robin Doveton y el bajo y director del grupo David van Asch. Habían reforzado con más voces.

La decena de instrumentistas era imprescindible para esta obra, unas vísperas solemnes concebidas para el entorno de una corte barroca como la de Mantua, que exigía instrumentos de cuerda frotada y de viento como los sacabuches (un antepasado del trombón de varas) que dieran color y suntuosidad a las voces.

Tenía a los cantantes e instrumentistas a dos metros, como si interpretaran para ella. La indumentaria masculina de los músicos era convencional, de oscuro, pero no el frac de orquesta. La soprano Kym Amps llevaba un vestido maravilloso de terciopelo negro, actual pero con un guiño a un traje de época. Escote barco, manga larga y pegada y la falda haciendo cola. El cuerpo era casi un corpiño en punta y la espalda iba abierta pero atada con cordones entrelazados con cinta de terciopelo granate oscuro que recordaba los cordones de un corsé.

María Sanhuesa, que llevaba muchas horas de espectadora musical, vio un concierto diferente a todo lo que había vivido hasta entonces. El altar mayor de Santa María La Real de la Corte respondía a la música que se interpretaba, los cantantes cambiaban de sitio para potenciar un timbre u otro, se alejaban hacia la sacristía si querían lograr un efecto de eco. Ese uso del espacio, esa actitud de no presentarse sentados ni rígidos, creó un ambiente único con un componente visual que un concierto convencional no tenía.

Le arrebató.

La obra, larga y con varios salmos, le pareció fascinante.

María fue de las alumnas que se apuntaron a la espicha que se celebró después del concierto con los músicos y los profesores, unas treinta personas que se reunieron en La Carcuba, cerca del Campillín.

Comieron, bebieron, algunos profesores cantaron y los músicos también. Cantaron de todo, culto y popular. Hablaron de música, contestaron preguntas, aclararon dudas, explicaron conceptos, narraron situaciones. David van Asch, el director de "The Scholars", un personaje amable y simpático, hablaba español porque su mujer era catalana y tenía mucho vínculo con Altafulla (Tarragona), donde organizaba un festival de música y unos cursos de verano.

María se sentía en otro mundo.

En la espicha se trasegó sidra en abundancia. Todos se divirtieron a lo grande. Los músicos no se reservaron para el concierto del día siguiente en Gijón. Un "cornetto" que se pasó con la sidra y tenía graves dificultades para caminar cayó rodando por un terraplén del Campillín unos 35 metros y sin más consecuencias que el pantalón roto.

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