Opinión
Lucas BLANCO
Lito, portero de Dios «La movida de la Cuenca me hizo alejarme de la práctica de la fe durante un tiempo», admite Además de su incursión en la noche, el cura llegó a ser campeón regional de pesca en 1971
El párroco de Infiesto, Manuel García Velasco, trabajó en Moreda en su juventud como vigilante de discoteca, al igual que el Papa Francisco
«La gente cree que somos bichos raros, pero tenemos vida personal, con sus luces y sombras, como todo el mundo». Así muestra el párroco de Infiesto, Manuel García Velasco, popularmente conocido como «Lito», su sorpresa por el revuelo mediático que ha supuesto el hecho de que el Papa Francisco haya revelado a un grupo de feligreses de Roma que trabajó durante un tiempo como portero de discoteca, una labor que, curiosamente, el propio párroco desempeñó durante catorce años, hasta que fue ordenado diácono de San Esteban de Ciaño.
Fue a los 14 años cuando a García Velasco le surgió la posibilidad de trabajar repartiendo la hoja deportiva para un hostelero de Moreda de Aller. Dos años más tarde el mismo empresario le ofreció realizar las tareas de portero en la discoteca La Bombilla, una de las más populares de la región, que durante algunos fines de semana llegaba a reunir a más de 1.000 personas en sus amplias instalaciones. «Era un local con unas dimensiones enormes, pero en muchas ocasiones llegaba a llenarse con gente de toda Asturias», recuerda.
El sacerdote admite que la idea de que tuviese su propio trabajo no convencía ni hacía mucha gracia a sus padres, pero tras insistir en su deseo de tener un empleo, éstos terminaron por permitirle compatibilizarlo con los libros. «Tenían miedo de que desatendiera mis estudios por culpa del trabajo, pero tras hablar con mi padre le convencí», relata García, que señala que a pesar de que sus progenitores tenían suficientes medios para posibilitar sus estudios, prefirió ganar su propio salario.
De esta forma, pasaron los años y Lito García llegó a trabajar de jueves a domingo en la discoteca y durante seis días a la semana en un pub llamado La Bombiecha, propiedad del mismo empresario, si bien su labor no se concentró sólo en vigilar la portería. «Hacía todo tipo de funciones propias del negocio; de portero, de camarero, e incluso llegué a ser el encargado del personal», cuenta, a la vez que recuerda que varios de sus compañeros en el Seminario también se buscaron la vida en la hostelería. «Era más habitual de lo que la gente piensa, porque entonces los estudios costaban bastante dinero y la gente buscaba fuentes de ingresos», dice el religioso.
No obstante, confiesa que durante sus años en el mundo de la noche llegó a apartarse de la Iglesia: «La movida de la Cuenca me hizo alejarme de la práctica de la fe durante un tiempo». El sacerdote dice haber vivido de cerca el auge del consumo de drogas en una época en la que él también fumaba y bebía. «Todos pecamos y hacemos tonterías a lo largo de nuestra vida», declara el clérigo, que poco después, a los 24 años, decidió matricularse en el Seminario. «Me di cuenta de que mi vida estaba vacía y tenía que priorizar el entregarme a los demás frente al trabajo y el dinero», apunta sobre un decisión que hizo cambiar su rutina y con ello el camino que seguir durante el resto de su vida. «Empecé a ir de nuevo a misa semanalmente y mi vida volvió a cobrar sentido», sostiene con el convencimiento de que pasado mucho tiempo desde entonces puede asegurar que la Iglesia se lo ha dado todo.
Es ahora, después de más de 25 años ejerciendo el sacerdocio, cuando valora positivamente los resultados de su decisión, sin negar en absoluto un pasado que rememora viendo antiguas fotos con las que se emociona al encontrar a algunos amigos fallecidos en accidente de tráfico. Es cuando recuerda los motivos por los que en su día le llegó la llamada de la fe. «Somos humanos como los demás, y la gente no debe extrañarse», insiste sobre el pasado laboral del Papa, mientras desvela otras facetas personales que muchos de sus feligreses desconocen. «Además de portero de discoteca fui campeón de Asturias de pesca en el 1971, y solía salir a cazar». El sacerdote allerano todavía mantiene viva su afición por la pesca, y cuando sus obligaciones se lo permiten hace escapadas para practicarla.
De todos modos, este activo religioso, muy querido en Infiesto por su papel a la hora de recuperar el santuario de la Cueva y realizar mejoras en varias parroquias piloñesas, no deja de sorprender por su carácter polifacético, que incluye otros aspectos curiosos, como su etapa de estudiante de Empresariales y la realización de un curso de programador informático en Madrid en 1976, «cuando no había ni ordenadores».
La época dorada de la movida allerana, con la discoteca La Bombilla como claro referente, fue una oportunidad laboral para Manuel García en los setenta. Éste no dudaba en ponerse la pajarita y ejercer de camarero si hacía falta o vestirse de asturiano por las fiestas de San Martín para trabajar.
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