02 de enero de 2014
02.01.2014
La Nueva España
Sin la venia

Iniciativa política

Sobre la crisis constitucional y la falta de aptitudes de nuestros representantes públicos

02.01.2014 | 01:56
Iniciativa política

Está muy en boga últimamente entre analistas, contertulios y, mejorando lo presente, opinadores en general de todo pelaje y condición afearle la falta de iniciativa política al Gobierno Rajoy en relación con la situación creada por los nacionalistas en Cataluña.

No es necesario recordar que la forma de hacer política de Rajoy dista y mucho de lo que generalmente se entiende por iniciativa política, como, sin ir más lejos, hubo ocasión de constatar en relación con los riesgos de intervención comunitaria de la economía española. Y es que, se deba o no a su origen geográfico, la personalidad política de Mariano Rajoy encaja a la perfección en el prototipo galaico de desconfianza, reserva, reluctancia a la acción y, dicho en términos deportivos, por otra parte tan gratos al presidente del Gobierno, de un constante hacer la goma respecto de los problemas, aparentando estar a punto de verse sobrepasado por ellos para, en el último instante, reaccionar mínimamente y enfrentarlos sin acabar nunca de resolverlos por completo.

Decir, por tanto, que el Gobierno Rajoy no asume la iniciativa de plantarle cara al secesionismo catalán no es sino constatar lo evidente, cuando no lo inevitable. Pero hacerlo sin contextualizar dicha afirmación debidamente implica, además, un ejercicio de parcialidad manifiesto.

El actual momento materialmente constituyente que vive Cataluña no es sino la culminación de un proceso que el nacionalismo catalán ha venido impulsando durante más de treinta años ante la, en el mejor de los casos, pasividad culpable no sólo de los sucesivos gobiernos de España, sino también de los sectores no separatistas de la sociedad catalana.

Pretender que, a estas alturas, el Gobierno de Rajoy desarrolle una iniciativa política capaz de revertir en unos meses una situación consolidada a lo largo de casi cuatro décadas resulta lisa y llanamente una desconsideración a la inteligencia casi tan grosera como defender que un proceso materialmente constituyente puede derrotarse por la vía de oponerle una legalidad constitucional políticamente ya superada en Cataluña en este momento.

Se impone, pues, reconocer la extrema gravedad de una crisis constitucional que exige no ya iniciativa, sino voluntad y capacidad de hacer política a un nivel que está años luz por encima de las posibilidades de nuestros actuales repúblicos patrios y que, por ello, abocaría el conflicto a una situación de estancamiento en la que, después de todo, la versión galaica del "laissez faire" que con tanto virtuosismo encarna Rajoy podría acabar siendo la forma menos mala de convivir con un problema irresoluble. ¿O no?

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