27 de julio de 2014
27.07.2014

Pujol, el Bárcenas catalán

El escándalo y el delito de un soberanista que eludió tributar por cuatro millones mientras era presidente autonómico

27.07.2014 | 01:23
Pujol, el Bárcenas catalán

Jordi Pujol ha batallado al frente de CiU para reivindicar que la Generalitat recaude y distribuya los impuestos. Los impuestos de los demás, porque el eterno president catalán se declaró exento en cuatro millones de euros, según propia confesión. Si a cada contribuyente se le otorgara un margen de carencia de cuatro millones, se podrían clausurar las agencias tributarias por falta de uso. Pujol también afirma que "es catalán quien vive y trabaja en Cataluña". Estas dos actividades conllevan el sufragio de los gastos comunes, por lo que cabe concluir que Pujol no es catalán.

Seguro que Artur Mas preferiría ahora mismo que no lo fuera, porque la mayúscula indecencia de su antecesor nubla el futuro de Convergència. Para quienes descreen de las virtudes connotativas de la prosa, el comunicado autoexculpatorio que no incriminatorio de Pujol consigue ser más miserable que su comportamiento fiscal. Que un defraudador a gran escala se atreva a denunciar "insinuaciones" o a escudarse en su rol de "político muy comprometido", por no hablar del sarcasmo de que "no se encontró nunca el momento adecuado para regularizar esta herencia", supone un escarnio adicional para ciudadanos que sufren recortes sanitarios y educativos por la caída en la recaudación. Apesta el envoltorio familiar que perfuma el comportamiento del gran defraudador, refugio tribal refrendado por Mas. A saber, quienes pagan impuestos desatienden a sus familias, frente al celo adicional de los evasores. Alguien deberá recordar al actual president qué dinero paga el helicóptero que utiliza cuando se desplaza para no mancharse de manifestantes.

Según su propia exoneración, Pujol es el Bárcenas catalán, con la diferencia de que el tesorero del PP niega todavía los comportamientos ilícitos que lo han llevado a la cárcel. Si un preboste puede presumir impunemente de que ha hurtado cuatro millones, sin que le sea requisada de inmediato esa cantidad y se vea obligado a ofrecer explicaciones ante las autoridades policial y judicial, la democracia española exige menos limpieza que China. Durante sus tres décadas en la Generalitat, Pujol ha obligado a pagar a los catalanes a quienes consideraba más tontos que él, y multaba a quienes intentaban comportarse como él.

En el último recuento, los apellidos deslumbrantes con cuentas no declaradas en paraísos fiscales por supuestas herencias son Borbón, Botín y Pujol. Tal vez los entusiastas de la transición deban una explicación a la sociedad, una vez que el relato del Bárcenas catalán despoja de sus últimos entorchados a un periodo que autorizó los desmanes ahora descubiertos. No sólo Franco lo dejó todo atado y bien atado, el haraquiri de Pujol ilumina la abdicación del anterior Rey bajo nuevas perspectivas. El mayor defraudador de Cataluña debió jactarse, y esta precisión se echa en falta en su comunicado paródico, de haber ocultado su fortuna en Andorra, que forma parte del patrimonio espiritual catalán a diferencia de la Suiza tan poco racial que utilizan los Bárcenas madrileños.

Mil euros es un fraude, 200.000 euros es un delito. Ahora bien, cuatro millones de euros no pueden mantenerse en el circuito paralelo sin una estructura mafiosa que los avale. Los equilibrismos que conlleva esta cifra opaca involucran múltiples cuidados, todos ellos ilegales. Por mucho que Mas personalice el comportamiento de su predecesor, su comportamiento fiscal no sólo arruina el prestigio del pujolismo para la eternidad. También resulta inseparable de su Presidencia de la Generalitat y de su activismo vigente en pro de la independencia. Cualquier furibundo anticatalanista que pague sus impuestos ha hecho más por Cataluña que este líder desalmado y que encima aspira al status de víctima. No esperábamos esta conducta de un médico, Pujol ha incumplido hasta el juramento hipocrático. Antes de confesarse inocente, descalificó a los funcionarios que habían descubierto sus manejos, hoy sólo le falta escribir que no tributaba para no contribuir al desequilibrio de la balanza fiscal catalana. Los demás habían de pagar por patriotismo, el Bárcenas catalán dejaba de hacerlo por idéntico motivo.

Quienes se esfuerzan en anteponer sus méritos políticos ahora arruinados a una conducta que sólo escapa del Código Penal por prescripción, no deben preocuparse por el encomiable homenaje a la verdad de cabeceras catalanas como "El Periódico". A la postre, la sustracción millonaria de Pujol quedará disimulada por su condición de gobernante teflón. Milita en esta categoría junto a gobernantes como Adolfo Suárez o Felipe González, que siempre lograron sobrevolar la aureola de sus escándalos. Algo similar ocurre con Bill Clinton en Estados Unidos, el presidente a quien todos los norteamericanos desean perdonar. De hecho, al comunicado de Pujol sólo le falta la legendaria línea de diálogo de Jack Nicholson en "Algunos hombres buenos", cuando le grita a Tom Cruise: "¡No sabéis manejar la verdad!". Así que a seguir pagando.

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