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Síndico de cuentas del Principado de Asturias

La corrupción necesaria

Sobre la imperfección de la naturaleza humana

Julián Sanz Pascual es un veterano profesor de filosofía que acaba de publicar un libro con un título tan chocante como escandaloso: "La corrupción necesaria" (Editorial Amarante, 2014) en el que suaviza lo negativo de este complejo fenómeno, como si pudiera tener alguna bondad. El autor, en toda la obra, nunca lo identifica con delincuencia pues "desborda con mucho la mera cuestión económica". Así, encuentra corrupción en los objetos abstractos de la física, la matemática o el lenguaje. Hasta en el arte. Incluso, como hecho universal, no lo considera intrínsecamente perverso, como nos muestra la biología, pues no habría sitio libre en nuestro planeta, ocupado por montones de cadáveres sin descomponer. "Todo en la naturaleza es corrupción" titula su capítulo cuarto donde explica que el mundo funciona porque hay corrupción. Vamos: que no es un cuerpo extraño en nuestra sociedad, sino algo sustancial de la misma.

Ensimismado estaba leyendo tan profundas reflexiones sobre la necesaria imperfección de la naturaleza humana hasta que reparé en que la democracia, ya desde la Grecia clásica, no era sino también una fórmula imperfecta: buscamos el gobierno perfecto en una sociedad que no lo es. Vinieron a mi mente algunas frases de Winston Churchill: "los políticos y los pañales se han de cambiar frecuentemente, y por idénticos motivos". O aquella de su contemporáneo, el fabiano Bernard Shaw, que atribuía a los ciudadanos el castigo de "no ser gobernados mejor de lo que nos merecemos". ¿Tendremos también la corrupción que nos merecemos?

Entonces, ¿qué pueden hacer los gobiernos para combatirla? Entre los estudiosos de la economía de la corrupción, el caso de Singapur es una referencia, aunque con luces y sombras, que suelen tratarse con bastante tacto por no ser 100% políticamente correctas. Se trata de una democracia con tonos autoritarios en lo jurídico, censurada por Amnistía Internacional, que reprocha hasta el método para ejecutar a los delincuentes: la horca, los viernes al amanecer. Sin embargo, goza de uno de los índices más bajos en criminalidad del mundo y presumen de tener, en la actualidad, menos de cien presos (en el año 2000, había docenas de miles). Curiosa excepción a nuestra creencia de que cuanto más democrático es un Estado, mas honesta se vuelve su burocracia.

La corrupción casi ha desaparecido en Singapur pues todo funcionario o figura pública corrupta puede ser condenado a muerte, al igual que los homicidas y narcotraficantes. Ahora, comparte cada año con los países escandinavos la cúspide de la clasificación de Transparencia Internacional tanto en honestidad pública como de facilidad de hacer negocios. También es un paraíso fiscal donde se lavó el dinero de los implicados en la reciente "operación Púnica". Evidentemente, la perfección no existe.

Hubo dos hitos que fueron decisivos para vencer la corrupción interna de Singapur: la potenciación de la Agencia independiente de Investigación de Prácticas Corruptas (CPIB, en inglés, que es la lengua oficial) y la transparencia de los empleados y cargos públicos, con una rigurosa declaración anual de bienes, así como la extrema la prohibición de recibir regalos o compensaciones. Hasta se definió un límite de deuda para los servidores públicos en relación a sus bienes.

La página web de esa agencia CPIB ya dice en el primer pantallazo: "Si usted tiene alguna información sobre un delito de corrupción, por favor no dude en informarnos"; cubres un formulario anónimo con número de usuario y contraseña para seguir las vicisitudes posteriores de la denuncia. Por supuesto, se advierte -retóricamente- que la denuncia falsa dolosa acarrea una pena de prisión de hasta 12 meses y/o una multa de 10.000 dólares. La realidad que nos muestra la memoria del año pasado es que, de las 792 denuncias, solo en 152 "hubo caso".

En estos tiempos, con la desazón producida por la proliferación de escándalos en España, hemos oído muchas voces que ven necesario dar carta de naturaleza a la denuncia anónima en el ámbito administrativo. Incluso la posibilidad de incentivar la denuncia. Dice el catedrático Andrés Betancor que se debería "crear un mecanismo que permitiese a los empleados, salvando cualquier responsabilidad personal, poner de manifiesto sus sospechas". Líneas directas y seguras que trasladen información y datos de prácticas corruptas. Sin embargo, los latinos no nos encontramos cómodos en estos escenarios parapoliciales.

Además, el camino del denunciante no es fácil. Recordemos la película "The insider" que presenta muy bien el dilema del informante, objeto de una extrema presión y un ataque mediático para desprestigiarle y, para no adelantarles el final, sólo les diré que pasa un calvario.

No faltará quien vea, en los casos de corrupción, una vacuna que nos haga más fuertes para el futuro. Y mientras llega, no olvidemos la educación, que dice el periodista Andrés Oppenheimer es la otra obsesión nacional de Singapur. Como muestra puede verse el billete de mayor circulación, que presenta un aula con los alumnos escuchando atentamente a un profesor, con una universidad en el fondo y una sola palabra: "Educación". Con ese entusiasmo, la ética pública llegará, no sin esfuerzo.

Un bloguero barcelonés, expatriado en ese país, contaba no hace mucho que una empresa contratista de las universidades locales buscaba personal para trabajos de mudanza en las aulas; las condiciones para solicitar el empleo eran sencillas: no estar estudiando, ni tener familiares estudiando allí. Los profesores no lo tienen mejor; no pueden ejercer donde se doctoran y cuando se presentan a una plaza, tanto pública como privada, te preguntan si tienes familiares o amigos trabajando allí. Y mejor no mentir.

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