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Opinión | Profesor de la Universidad de St. Andrews en Escocia | Ciencia y conservación

Alfredo F. Ojanguren

La gallina de los huevos de oro

El estado de conservación de los ecosistemas y su incidencia en el bienestar de las sociedades

Que el bienestar de las sociedades humanas depende del estado de conservación de los ecosistemas que nos rodean está más allá de toda duda razonable. Los ecosistemas proporcionan servicios que se pueden valorar en términos económicos. Hace tiempo, desde esta tribuna pedíamos economistas capaces de calcular el valor de estos servicios, para el conjunto de la sociedad y no solo para los que los explotan.

Por ejemplo, las dunas protegen la costa frente al oleaje durante los temporales. Si las eliminamos para construir apartamentos, pues habrá que construir un muro para que el mar no se lleve los edificios o la carretera o los campos que protegía la duna. Otros servicios, como los paisajísticos, serían imposibles de reemplazar. El promotor de los apartamentos habrá ganado mucho dinero construyendo sobre las dunas, a costa de los servicios que ese ecosistema proporcionaba a mucha más gente. Si aquellos que tienen la responsabilidad de decidir si es razonable construir en ese lugar tuviesen en cuenta el valor económico que pierde la sociedad en general para que solo unos pocos se beneficien tal vez se tomarían decisiones acordes con los intereses de todos.

La idea de dar un valor económico al patrimonio natural puede ser una herramienta útil en los casos en que el servicio depende del estado de conservación de ese ecosistema. Si la duna está bien conservada, es decir mantiene una diversidad de plantas y animales elevada, será más estable y por tanto protegerá mejor la costa. Cualquier perturbación que reduzca la biodiversidad de ese ecosistema se traducirá en una pérdida de eficiencia en esos servicios, y por tanto en una reducción del valor económico.

Sin embargo, esta tendencia de considerar criterios económicos y el bien común en la toma de decisiones en cuestiones de conservación no siempre es suficiente a la hora de conservar el patrimonio natural. Casi cualquier estima que se haga lo será a la baja, se infravalora por falta de conocimiento. No sabemos si la clave para la cura del cáncer se encuentra en tal o cual especie que solo vive en las dunas, lo cual multiplicaría su valor. Además, algunos de los servicios de los ecosistemas son más fáciles de estimar, por ejemplo aquellos que se traducen en productos, como madera o alimentos, mientras que servicios como el reciclaje de los nutrientes del suelo, el mantenimiento de la calidad del agua o el bienestar físico y mental de la gente que vive en su entorno son más difíciles de valorar en términos económicos.

En cualquier caso, para que esta visión de la conservación basada en la economía tenga éxito hay que tener en cuenta la manera en que se obtienen los beneficios que proporcionan los ecosistemas. En el momento en que usar un servicio representa una pérdida de su valor, existe el riesgo de sobreexplotación. Tal vez el ejemplo más claro sean las pesquerías. Los ecosistemas marinos nos proporcionan alimento, pero el hecho de explotar este recurso reduce el valor del servicio y la capacidad del ecosistema para seguir proporcionándolo. Si pescamos por encima de cierto nivel, no habrá suficientes reproductores para mantener la población de peces, otras especies proliferarán, por ejemplo medusas, y se transformará el ecosistema entero. El resultado es que ya no habrá peces, ni para los pescadores ni para los mercados.

Por supuesto que la ciencia ha desarrollado el conocimiento necesario para estimar qué nivel de explotación sería sostenible. Es decir, cuánto podemos pescar sin dañar el sistema de manera irreparable. Desafortunadamente este conocimiento se ignora con frecuencia y las consecuencias son la pérdida de los bienes y servicios que disfrutábamos todos.

En Asturias estamos empezando a valorar algunos de los servicios que obtenemos de la naturaleza desde un punto de vista económico, y eso conlleva un riesgo para la conservación del patrimonio natural. Patrimonio que es de todos, aunque a veces los que obtienen beneficios económicos sean solo unos pocos. El turismo de naturaleza (muchas veces mal llamado ecoturismo) es uno de los ejemplos clásicos de beneficios económicos asociados a unos ecosistemas bien conservados. Nadie pagaría por pasear por una mina a cielo abierto, o por participar en una carrera popular alrededor de una balsa de residuos tóxicos. Los servicios de unos ecosistemas bien conservados incluyen productos con unos beneficios económicos claros en una región como Asturias; turismo, ganadería, agricultura o explotación maderera entre otros. Pero ¿hasta dónde llevar la explotación de esos servicios?

Si tratamos de atraer más turistas a observar especies sensibles o de popularizar competiciones deportivas en zonas donde habitan especies susceptibles a la alteración de su hábitat, corremos el riesgo de dañar el ecosistema que nos proporcionaba esos servicios. De la misma manera, si tratamos de incrementar la producción ganadera en una determinada zona, podemos llegar al punto en que eso resulte incompatible con el mantenimiento de elementos claves para el funcionamiento del ecosistema como son los bosques maduros o los grandes depredadores. Y el final del cuento puede ser la sobreexplotación que conduce a la pérdida de estos servicios, y terminaremos lamentándonos de haber matado la gallina de los huevos de oro.

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