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Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad

Brexit, la reina y la aguja

Las relaciones entre Gran Bretaña y la Unión Europea

"Si los países europeos consiguieran unirse, sus entre trescientos y cuatrocientos millones de habitantes conocerían, gracias a su herencia común, una prosperidad, una gloria y una felicidad que ninguna frontera, ningún límite podría contener (?). Tenemos que construir algo así como los Estados Unidos de Europa".

Winston Churchill, septiembre de 1946.

Sangrando antes de pincharse. Europa sangra cada vez que el Reino Unido pone el proyecto comunitario patas arriba desde su particular forma de entender su sociedad con el resto de países europeos. Lo que ocurre es que Europa sangra algo así como lo hace la Reina Blanca cuando Alicia se la encuentra en "A través del Espejo", durante su segundo viaje al País de las Maravillas. La Reina se queja amargamente de lo mucho que le sangra el dedo, a pesar de que todavía no se ha pinchado con la aguja que lleva en la mano. La Reina solloza amargamente -le dice a Alicia- porque sabe a ciencia cierta que se va a pinchar en cualquier momento.

La historia de las relaciones entre la Unión Europea y el más fastidioso de sus socios nacionales reproduce la escena de la Reina Blanca y su aguja cada cierto tiempo. Europa tiene miedo de su sangre antes incluso de pincharse. El hecho de llevar una aguja entre los dedos es motivo más que suficiente para lamentar y acobardarse. Ante el convencimiento de que se va a terminar sangrando es mejor pincharse uno mismo. Y a ser posible, cuanto antes.

Ha estado estos días la aguja inquieta entre Estrasburgo y Bruselas y, como cabía prever, las instituciones europeas han cedido a las reclamaciones que David Cameron llevaba en su agenda en materia de recorte de prestaciones sociales a los inmigrantes comunitarios, de soberanía financiera, de control de fronteras internas y de refuerzo de la capacidad de los parlamentos nacionales para vetar colectivamente las iniciativas legislativas de la Unión. Por más que la aceptación de estas propuestas implique el riesgo de desmantelar algunos de los avances de integración más importantes alcanzados en más de tres décadas de políticas y Tratados Europeos.

Es realidad, el Primer Ministro británico aprovecha las múltiples confusiones en las que anda embarrancado el proyecto europeo -ante la inestabilidad económica, ante los problemas de legitimidad de las instituciones comunitarias y ante la oleada de refugiados que llegan a playas y vallas europeas- para reforzarse en diversos aspectos de política interna. La aguja de Brexit le sirve a Cameron para reforzar su posición ante el electorado más euroescéptico del Partido Conservador, para blindarse ante la amenaza de un eurófobo UKIP que, no olvidemos, obtuvo un 12,6 % de los votos en las elecciones de mayo de 2015 y para defender los intereses de la City ante las instituciones del Euro. Y, de paso, el Reino Unido se exonera simbólicamente "del compromiso de avanzar hacia una Unión cada vez más estrecha". Aunque quizá la pregunta no deba ser tanto si el Reino Unido será todavía socio de la Unión Europea allá por enero de 2018 sino más bien en qué términos continuará siéndolo y de qué Unión Europea.

Pero no hay nada nuevo. En realidad, el referéndum que plantea Cameron para el mes de junio sería la segunda consulta de este tipo que viviría el Reino Unido. La primera se llevó a cabo en 1975, solo dos años después de la incorporación británica a la Comunidad Económica Europea, en 1973. Este referéndum, que sirvió para validar el Tratado de adhesión, se resolvió con un 67% de los votos a favor de la permanencia, tras una campaña en la que tanto Laboristas como Conservadores abogaron por el sí. Aunque ambos con la boca pequeña y tras arrancar de Europa el compromiso de renegociar una serie de aspectos presupuestarios. Cuarenta años más tarde, surge más de un paralelismo. Al encontrar Cameron en Bruselas un respaldo a sus propuestas, a pesar de que éstas atizan a la línea de flotación del sistema de gobernanza comunitario, pedirá a sus electores que validen en plebiscito la muestra de amor de los europeos continentales. Lo mismo harán, aunque seguramente con un convencimiento más sincero, los Laboristas y los independentistas del Scottish National Party. Con tres de los cuatro principales partidos pidiendo el voto a favor permanecer en Europa, el resultado estará bastante más amarrado de antemano que en el referéndum escocés.

Dentro, pero al menos con un pie fuera. En perspectiva, el juego político de Cameron se ha repetido ya muchas veces. El Reino Unido siempre ha entendido su contrato con el resto de países europeos de una forma muy singular. Es verdad que los británicos han inspirado e impulsado el proyecto de la Europa unida. Al menos a su manera. Pero lo han hecho a partir de una visión de éste ciertamente original. Por ejemplo, en la idea que Churchill tiene de Europa, expresada en el Congreso de la Haya de 1948, no hay nada que entrelace la construcción de ese "algo así como los Estados Unidos de Europa" con la cesión de soberanía nacional y la integración de la toma de decisiones políticas. Como afirma Tony Judt en "Postguerra," la visión que el Reino Unido tiene de sí mismo después de la Segunda Guerra Mundial es la de una potencia triunfante y con responsabilidad tutelar. En todo caso, la necesidad de organizarse supranacionalmente corresponde a los devastados y, de una u otra forma, perdedores países continentales europeos; es decir, a Francia y Alemania.

La reticencia británica a todo lo que huela a pérdida de soberanía e integración expresa, sin embargo, una contradicción ontológica, descrita por la necesidad de estar dentro y el deseo de quedarse fuera. De ahí que, tras una tardía y traumática incorporación, una vez superados dos vetos franceses en la década de los sesenta, el Reino Unido haya seguido representando tan bien el papel de socio fastidioso, díscolo y poco fiable. Buena muestra del cinismo inglés hacia Europa es que, al valorar los resultados del referéndum de 1975, los líderes de los Partidos Laborista y Conservador coincidieron al señalar la Comunidad Económica Europea como poco más que un acuerdo comercial, supeditado en cualquier caso a los acuerdos de colaboración y amistad con los países de la Commonwealth o con los Estados Unidos.

Desde entonces, y alternando momentos de relajamiento y tensión, la política comunitaria de Londres se ha orientado a consolidar el estatus diferenciado del Reino Unido como socio europeo, bloqueando los proyectos más ambiciosos del proceso de integración y quedándose al margen de ellos cuando no ha podido hacerlo. Desde Maastricht, en 1992, el Reino Unido ha sido protagonista de un montón de opt-outs (o cláusulas de auto-exclusión) que le han exonerado del cumplimiento de los esfuerzos en los que se han comprometido voluntariamente otros miembros de la Unión Europea. El Reino Unido no forma parte del Euro ni del área Schengen de libre circulación de personas, conserva mayores competencias que otros socios nacionales en materia de seguridad, inmigración y asilo, que ahora pretende reforzar, y dispone de un derecho de bloqueo en materia de regulación bancaria que subraya la excepcionalidad británica dentro de Europa, también en el importante plano financiero.

La estrategia del Reino Unido le ha permitido cobrar réditos pero también le ha causado daños. El éxito de Londres le ha arrinconado en la periferia del proyecto europeo, de la que solo ha salido en momentos puntuales, a veces para intentar participar algo más activamente en él, como en las etapas de los Laboristas Blair y Brown, pero por lo general para tratar de pegarle un zarpazo y volverse a casa después de haber cobrado pieza, como en los tiempos salvajes de Thatcher o como ahora con Cameron. Es curioso, porque el estatus de diferenciación británico siempre ha llevado implícito el riesgo de transformarse en un estatus de marginalidad, por más que la extrema debilidad de Europa en el momento actual no permita observar bien esto. No sé, tal vez Europa debería haber probado otra cosa en la reunión del Consejo Europeo. Quizás esperar a gimotear hasta después de pincharse. O aprender a utilizar la aguja para otra cosa que no sea hacerse sangrar.

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