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Chillida y el horizonte de la fe

La Fábrica es una empresa creada en Madrid, en 1995, con la finalidad de desarrollar proyectos culturales relacionados con la fotografía, la literatura, el cine, el teatro, la danza, la arquitectura y la música. Acaba de reeditar, bajo la dirección de Nacho Fernández Rocafort, los "Escritos" de Eduardo Chillida, publicados por vez primera en 2005.

La salida nuevamente a la luz de este compendio de anotaciones autógrafas coincide, por una parte, con la ruptura de las negociaciones entre la familia del artista y algunos organismos de la Administración pública de las Vascongadas por no llegar a un acuerdo satisfactorio respecto a las condiciones para la venta del Museo Chillida Leku, sito en Hernani, y, por otra, con el estreno de un documental de Juan Barrero, producido por Marmoka Films y Explora Films, con el título de "Chillida: Lo profundo es el aire".

El subtítulo proviene del poema "Más allá", de Jorge Guillén, en la primera serie de "Cántico" (Al aire de tu vuelo), cuya lectura produjo en Eduardo Chillida una profunda conmoción: "Buscaba algo del espíritu de Guillén, así que comencé a releer sus poemas. Estuve por lo menos semanas releyéndole, cuando de repente leí (encontré): 'Lo profundo es el aire'. Entonces pensé que esta frase era suya, pero también mía".

"(El alma vuelve al cuerpo, / se dirige a los ojos / y choca.) -¡Luz! Me invade / todo mi ser. ¡Asombro!". Es la primera de las quince estrofas que componen este poema de versos heptasílabos, en el que se declara la alegría de estar vivo, respirar, dejarse acariciar por la dorada ternura de un rayo de sol que ilumina la estancia y esclarece las sombras que cada noche, cual densas remembranzas del caos primordial, colmatan el habitáculo del poeta. Y concluye: "Soy, más, estoy. Respiro. / Lo profundo es el aire. / La realidad me inventa, / soy su leyenda. ¡Salve!".

Por otra parte, en el libro "Elogio del horizonte. Conversaciones con Eduardo Chillida", cuya edición ha estado a cargo de su hija Susana, varias personas con las que el artista ha mantenido contacto en algún momento de su vida departen con él sobre múltiples facetas de su historia personal, familiar y profesional. Y siempre aparece, de un modo u otro, su arraigada religiosidad.

Fue después de una lesión deportiva en 1943, siendo portero de la Real Sociedad, cuando comenzó interesarse por la mística. Al igual que Ignacio de Loyola, quien tuvo que abandonar toda actividad a causa de las heridas en las piernas, ocasionadas durante el asedio de Pamplona en 1521, y en las hagiografías encontró el consuelo y el empuje de la fe, también Chillida se entregó enteramente, mientras se reponía, a la lectura de Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, el maestro Eckhart, Enrique Suso y otros autores espirituales. Y en su interior sucedió algo inefable, determinante, absoluto: la manifestación de Aquel que siempre había morado dentro de él. Fue el gran hallazgo. Como el de Agustín de Hipona: "Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y me lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por ti".

La fe en Dios permea la obra de Chillida: "Yo pienso que está en todo. El gran fin, la gran meta, la diana". Un regalo que le ha sido dado sin saber bien cómo y que ha orientado la proyección de su mirada hacia los otros: "La palabra espiritual puede referirse a muchas cosas, pero una de las importantes es la religión, y también la relación con los otros. Todo lo que está relacionado con el hecho indiscutible de que los hombres somos hermanos".

Para Eduardo Chillida, religión y ética están indisolublemente unidas. Y la humanidad de todos los tiempos, radicada en tantos y diversos lugares, convergen en la visión del horizonte. "¿No será el horizonte la patria de todos los hombres?". De ahí que considerara su magna escultura en Gijón como la más representativa de su producción artística. "Desde el punto de vista de escala sólo estaba condicionado por la dimensión del hombre, es decir, el hombre es el que da la escala a ese lugar en función del horizonte, del cosmos, de todo lo que hay allí cuando estás colocado. Te pone en relación con todo el universo. Creo que es la mejor obra que he hecho".

De misa dominical, devoto de la cruz, lector de literatura mística, perceptor del espíritu en la opacidad de la materia, Chillida reconoce, en sus "Escritos", el impulso alentador de la duda, que adviene al creyente cuando se confronta con la razón, previniéndole de un inmanentismo que no tiene, sin embargo, por qué ir aparejado con esta: "Creo en Dios. Tengo fe. Dios me la dio. La razón quiso quitármela en muchas ocasiones, pero no lo consiguió. Más bien me ayudó a continuarla, ya que gracias a ella supe que la razón tiene límites, y que por lo tanto hay espacios a los que la razón no llega. Estos espacios son solo accesibles para la percepción, la intuición y la fe, esa hermosa e inexplicable locura". Y es que la hermosa e inexplicable locura de la fe constituye la vía de conocimiento que permite vislumbrar la realidad que se oculta tras un horizonte hacia el que propende el anhelo de quienes, habiéndose sentido atraídos por su irresistible magnetismo, dirigen constantemente su mirada hacia él. Hasta reposar en él.

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