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Es el miedo

Tony Blair ha argumentado que el referéndum sobre el "Brexit" debe repetirse

El inefable Tony Blair ha argumentado que el referéndum sobre el "Brexit" debe repetirse porque los británicos no contaban con información suficiente para tomar una decisión razonable y cabal. La afirmación es el enésimo recordatorio de lo lejos que está el muy enriquecido Blair de la que fuera su máscara progresista en los años noventa y que terminó diluida en una suerte de thatcherismo con rostro humano. Porque en una democracia parlamentaria asentada que ha entrado en el siglo XXI semejante argumento no es defendible. ¿Cómo se mide el nivel de información de los ciudadanos al pronunciarse sobre un determinado asunto? ¿Cuántos españoles de los que votaron sí sabían lo que era la OTAN en 1986 y cuántos entre los que votaron no? Los ciudadanos son responsables de conceder credibilidad a las obvias y estúpidas mentiras que profirieron Nigel Farage y demás pregoneros de la campaña Leave. Todo referéndum es intelectualmente recusable -no política ni jurídicamente- por la desinformación de los ciudadanos que votan.

Por lo demás Blair insiste en que la permanencia del Reino Unido en el proyecto (maltrecho) de la UE es una cuestión de sentido común. Cuando un político alude al sentido común lo más prudente es poner la espalda contra la pared. El sentido común es tan mitológico como los unicornios: la democracia es un espacio comunitario para debatir, criticar y confrontar ideas y proyectos y seleccionarlos a través del voto. Los argumentos a favor de la continuidad en la Unión Europea son complejos porque la UE es una realidad compleja y dinámica, ambiciosa y agónica. Los británicos votaron mayoritariamente la salida por razones certeras o erróneas, pero lo interesante (y constatable) son los factores que han movido al rechazo. Y contra lo que insinúan Blair y otros en sus mensajes, no se trata básicamente de factores de orden económico, aunque la crisis convertida en status quo, la precarización laboral, la caída de los salarios y la degradación de los servicios sociales se precipiten y amalgamen en un estado de malestar y pesimismo generalizado. Todas estas circunstancias, sin embargo, no se concretan en un rechazo y un voto negativo hasta que un elemento actúa como coagulante: la cultura, la identidad nacional o étnica, los valores morales y religiosos, el sentimiento de una comunidad arrinconada y amenazada. Eso convirtió el referéndum sobre la salida del Reino Unido en un episodio político-electoral más de clivaje, es decir, de escisión del voto y polarización política: una tendencia que se va intensificando en Europa (y según sus propias claves en Estados Unidos) en los últimos quince años. Eso es lo que no terminan de detectar y metabolizar los falsos y los verdaderos buenistas, los izquierdistas catecúmenos y los propagandistas vacuos del proyecto europeo. Que no es únicamente, a veces ni siquiera prioritariamente, la economía o las mentiras sobre la economía lo que explica la desafección política hacia proyectos históricos o partidos tradicionales. Es la indignación, es el pánico, es la falta de horizontes comprensibles, es el miedo por culturas y valores -los suyos- condenadas a la desaparición, a la caricatura o a la convivencia con otras.

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