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Refundar Europa cuando todo va al revés

En el partido que juega por la supervivencia, Europa ha ganado los cuartos de final, según expresión de Mark Rutte, primer ministro holandés. La derrota del estrafalario xenófobo Geert Wilders empaña las expectativas de Marine Le Pen en la semifinal de las ya próximas presidenciales francesas, así como, en la finalísima de septiembre, las de los ultras alemanes. Sean como sean los porcentajes de voto, los grupos fachas se estrellarán -por ahora- en el muro de las coaliciones demócratas. Pero emiten alarmas que los Estados e instituciones comunitarias procesan con angustia y torpeza. El desencanto europeísta ya explica el "Brexit", cuya magnitud aún mantiene en reserva la señora May pero ya es explícita contra la libertad de entrada y residencia de ciudadanos counitarios en territorio británico. Los Comunes han sido en esto más conservadores que los Lores. Casi todo va al revés en esta hora del mundo.

Es remarcable el hecho de que solamente España esté libre de populismos de ultraderecha entre los recientemente reunidos en la cumbre a cuatro de Versalles, que prefiguró el grupo de cabeza en la pretendida Europa a dos velocidades. Por desgracia, la fragilidad de la UE y el riesgo de disolución no se redimen conteniendo a los xenófobos, cuyo auge también trae causa de los errores de Bruselas en el tratamiento y salida de la crisis general. Emigrantes y refugiados empezaron a ser una pesadilla cuando la austeridad frente al crecimiento precarizó el empleo y el salario, poniendo en grave riesgo las pensiones. Los recortes pincharon los mecanismos de compensación interior y la solidaridad del bloque de vanguardia mundial en bienestar social involucionó en egoísmo y cerrojo frente a los que huyen de la guerra y el hambre. Una vergüenza que pagaremos cara.

No hay información suficiente sobre las ideas de renovación y fortalecimiento con que los Estados miembros piensan celebrar en Roma el 60.º aniversario de la Europa unida, en la que casi todo está por hacer a excepción de la unión monetaria, a su vez peligrosamente cuestionada por la ineficiencia frente a la crisis. Los proyectos sucesivos de unidad bancaria y fiscal que forzosamente deben preceder a la utopía de la unión política, ni están ni se les espera en Roma. Salvo sorpresa de última hora, seguirán siendo invocaciones futuribles, mientras Estados Unidos pugna por dar al mundo un giro de 180 grados aboliendo los tratados supranacionales, restaurando el bilateralismo y estimulando el neofascismo europeo. Con esto y la radicalización islamista, el neoimperialismo ruso y las expectativas chinas, tenemos bastante para entretenernos o desesperarnos, salvo que los herederos de los padres de Europa acierten con algo menos polémico que la doble velocidad.

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