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Fernando Monreal

Deshumanización de la medicina: miedo me da

José Luis Martín Descalzo dijo que, cuando se llega a los cincuenta años de vida, ningún corazón es ya de carne: el de los egoístas se ha convertido en piedra y, el de los dedicados a dar amor, a dar cariño, ese corazón se ha hecho líquido.

En medicina existe un signo, al que se denomina cardiomegalia, que consiste en que la silueta del corazón, cuando se estudia por métodos diagnósticos radiológicos, se ve más agrandada. Ello debe de hacer al clínico estudiar el motivo que ha llevado a este corazón a aumentar de tamaño.

Pues bien, dado que "la función hace al órgano", quien se acostumbró a cerrar su alma y su corazón a cuantos le rodearon, termina por que se le esclerose y se le vuelva rígido y pétreo (al igual que la ateroesclerosis vuelve rígidas las arterias). Y el que nunca amó está condenado a no ser querido por nadie. Así, la mayoría de las veces ocurre que quien ama es amado y quien no tiene a nadie que le quiera es porque nunca amó a nadie. El egoísta a corto o largo plazo acabará por firmar su sentencia (en este caso autocondena) de soledad perpetua. Y la mejor manera de amarse a sí mismo puede ser dedicarse a amar, a entregarse a los demás.

La soledad es la mayor de las miserias y lo que los demás necesitan de nosotros es nuestro amor. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas. Para un viejo no hay ayuda como un rato de conversación, comprendiendo sus rarezas y debilidades. Para el parado es tan necesario sentirse persona trabajando como el sueldo que por dicho trabajo le pagarán. Y, asombrosamente, la sonrisa -que es la más barata de las ayudas- es la que más tacañeamos.

Hace unos días leía en este mismo medio un precioso artículo del profesor José Antonio Flórez Lozano, catedrático de Ciencias de la Conducta y mente clarividente y privilegiada donde las haya, que titulaba "Un fármaco imprescindible: humanidad". En él decía que "la comunicación con el paciente es el medicamento esencial para la felicidad". Qué razón tiene: comunicarse con empatía con el paciente es ofrecerle nuestra muestra de amor, de comprensión de su dolencia, de humanidad, y con ello ya estamos consiguiendo parte de su recuperación, pues este acto desprendido, totalmente altruista, es parte esencial del tratamiento médico (ya Hipócrates lo venía defendiendo en su tiempo). Y cita a don Gregorio Marañón, otra eminencia: "hasta donde no puede llegar el saber, llega siempre el amor"; y a Paracelso: "el más hondo fundamento de la Medicina es el amor". Lo suscribo.

Lo malo es que este acto de humanidad no siempre es correspondido o comprendido por la otra parte. Y puede ocurrir que quien en esta ocasión hace de enfermo tenga un corazón de piedra, un alma esclerosada por no haber amado nunca. Y que las muestras de afecto del personal sanitario que le atiende las reciba con recelo, y hasta con la amenaza de una denuncia ante el juzgado (por desgracia, cada vez más frecuentes).

Y miedo me da, con tanto avance tecnológico, tanta informatización de los actos médicos y de enfermería, tanto protocolo, tanto consentimiento informado (medicina defensiva), caer en la robotización, en la impersonalización, en la pérdida del arte médico y en la deshumanización de la medicina. Las largas listas de espera y la saturación de las consultas contribuyen a esta deshumanización, pues el personal sanitario "se quema" en su intento de prestar solución a tal pléyade de pacientes. Los médicos de Atención Primaria no dan abasto, con seis minutos de consulta por paciente, que es lo que tienen asignado. Así no es posible escuchar, comprender, ofrecer cariño y sacar una sonrisa. Miedo me da.

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