DTO ANUAL 27,99€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Matías Vallés

Jerry Lewis, la risa sin motivo

Reflexión sobre el sentido del humor del actor estadounidense recientemente fallecido

Un ejército de psicólogos y científicos de la neurona se estrellan ante el descifrado de los mecanismos del humor. Buena parte de estos insignes emprenden sus sesudas divagaciones con el espíritu de quien suprimiría la risa si estuviera en su mano. En efecto, el ser humano sería mucho más comprensible si no se riera. Y la muerte de Jerry Lewis implica la desaparición del payaso que provoca carcajadas sin motivo, sin justificación y sin explicación. Es la víctima de las risotadas, pero acepta graciosamente el papel de tonto para devolver la salud a sus contemporáneos.

Cuesta reencontrarse con Jerry Lewis. Pese a los esfuerzos de la intelectualidad afrancesada, "El profesor chiflado" no aguanta una revisión que la mantenga entre las cien mejores películas de la historia, además de ser inferior a "Me siento rejuvenecer", con Cary Grant y Marilyn Monroe. Sin embargo, desde su reinterpretación de la doctrina del alter ego confirma que el humor arranca de la debilidad, es sinónimo de la locura. Puedes reírte de Hitler, cuando se ríe Hitler tiene otro nombre. La risa se impone sobre la suficiencia del poder, pero ha de dispararse desde abajo. Quienes decretan la falsa igualdad, no solo no pueden reírse, sino que impiden que otros estallen en carcajadas.

Jerry Lewis se pone gafas de concha, se despeina, monta los dientes sobre el labio, hunde el sombrero y arremanga los pantalones. Nos reímos del clown, pero nos da un poco de vergüenza porque no le vemos la gracia y estamos cometiendo una discriminación, el mayor pecado del milenio. En realidad, en el aspecto estrambótico advertimos un espejo de nuestro papel ridículo, montados en una bola de fuego que cursa el universo a miles de kilómetros por hora. Con Woody Allen, que perfecciona a Jerry Lewis, nos vence la pretenciosidad de que estrenamos una carcajada existencialista. Sin embargo, la pseudofilosofía del neoyorquino completa la irrisión aneja a un mamífero que encima se cree importante. Solo una persona puede reírse de otra. O de sí misma, en el más difícil todavía.

Compartir el artículo

stats