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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

Los últimos de una generación única

Apenas si quedan ya testigos presenciales de la Guerra Civil y la Revolución de Octubre

Ahora se están muriendo los últimos. Los últimos que vivieron aquella convulsa década de los años 30 del siglo pasado. Aquéllos que eran jóvenes o niños durante la Revolución del 34 y la Guerra Civil, y se hicieron adultos con el franquismo más férreo. Es cierto que todos los días se mueren los últimos de una generación. Ayer se murieron los últimos que vivieron la dictadura de Primo de Rivera y anteayer los que vivieron el cambio del siglo XIX al XX. Cierto. Pero lo que no es tan común es que se vayan los últimos de una generación que vivió la Revolución de Octubre y la Guerra Civil. Haber vivido esas dos tragedias la convierten en una generación única.

Los hubo que fueron ejecutados, enterrados vivos, torturados, encarcelados, perseguidos, encerrados en campos de concentración nazis, reclutados por la resistencia en Francia o admitidos de nuevo en España. De ellos se ocupa con detalle la magnífica exposición "Sufrir la guerra, buscar refugio (Asturias 1936-1937)" que se puede ver en la Biblioteca Jovellanos de Gijón. Y hubo otros -la gran mayoría- que sobrevivieron y se quedaron.

Ése fue el caso de Eloína Díaz. Eloína tenía 10 años en la Revolución de Octubre, pero se enteró de que había una revolución en marcha, de que muchos a su alrededor -vecinos, familiares, allegados- eran castigados e incluso asesinados; primero por los revolucionarios, en nombre de una utopía, y luego por los tercios moros, en nombre del sistema y el orden establecido. Era el 34. Entonces ya perdió la inocencia, así que no le extrañó dos años después ver cómo su propio primo -aún con la barba a medio salir- fuera asesinado a sangre fría a la puerta de la iglesia por su intención de ir a misa y por el delito de que el cura fuera posadero en su casa. Era el 36.

Con sólo 15 años, cuando ya trabajaba de asistenta en un gran colmado, tuvo la mala fortuna de presenciar el atraco del maquis -probablemente en busca de comida- en el almacén donde trabajaba. Y vio también cómo un vecino próximo se lió a tiros con los asaltantes, con tanta puntería que destrozó un ojo del cabecilla.

Aquel incidente tendría consecuencias. Meses después, el líder de los fugados volvió al lugar de los hechos, tuerto y con un ojo de cristal cubriendo la cuenca vacía. Buscó al vecino valiente, le cortó la cabeza y repitió la operación con sus hijos y con las vacas. Acto seguido, colocó cuidadosamente los trofeos de la venganza en las ventanas de la casa, como si fueran tiestos repletos de alegres y coloridas flores. Difícil de olvidar, y más para una niña.

Esto no aparece en los libros de historia; la única fuente es el relato de aquella niña. Eloína jugó un papel pasivo en el enfrentamiento, no tomó más partido que el de enseñar a sus hijos la diferencia entre el bien y el mal. Su caso no tiene nada de especial; ningún español, por neutral o pacifista que quisiera ser, se libró en una medida u otra de la guerra. Luego llegaría el 41 -aquella generación se refería a los hitos por los dígitos del año: el 34, el 36, el 41-, el hambre atroz, la miseria y la opresión. No fue torturada, no. Hay una anécdota que parece insignificante pero que significó mucho para ella. Un cura, intransigente a la vez que bon vivant, la persiguió durante once años, amenazándola con la ruina social y con las llamas del infierno si no traía al mundo un segundo hijo. Entonces el hijo único era revolucionario. Hay que reconocer, sin embargo, que gracias a aquel cura -que se movía por las caleyas en un extemporáneo deportivo rojo- Eloína tiene hoy quien, a través de estas líneas, llore su muerte. La de ella y la de los demás componentes de aquella generación que tanto nos enseñó. Descansen en paz.

PS. Dos horas antes de la muerte de Eloína Díaz venía al mundo su primera bisnieta. La historia no se detiene.

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