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Luis Gancedo

James Dean y el sueño del "fracking"

EE UU, camino de liderar la producción de petróleo

La épica del cine hollywoodiense retrató a los pioneros de la industria petrolera estadounidense en películas como "Gigante", con un James Dean -entonces muy próximo a su temprana muerte- con el rostro y el cuerpo cubiertos por el crudo que por fin brotaba de su pozo y que convertía en multimillonario al joven antagonista de Rock Hudson en aquel largometraje de 1956. Hay algo que recuerda a ese tono épico en la imagen que algunos comentaristas transmiten ahora sobre el renacimiento de la producción de petróleo: EE UU puede recuperar este año el liderazgo mundial de la extracción de crudo, algo inédito desde antes de la crisis de 1973, y será gracias a los "emprendedores" del "fracking", empresarios e ingenieros que durante las últimas décadas y "sin apenas apoyo gubernamental" -dicen esas crónicas- hicieron viable la explotación del gas y el petróleo de esquisto, alojados en sedimentos rocosos y que se extraen en amplias zonas de EE_UU y de Canadá mediante una técnica consistente en inyectar agua en el subsuelo para romper la roca y liberar las moléculas de hidrocarburos.

El "fracking", muy cuestionado por sus impactos ambientales, le está dando la vuelta a la dependencia energética exterior de la primera economía del mundo y ha revolucionado el mercado global del petróleo, reduciendo la capacidad del cartel de la OPEP de fijar los precios según las ambiciones económicas de sus miembros o en función las estrategias políticas de Arabia Saudí, el principal de ellos y por ahora el mayor productor del Planeta. Que el barril de petróleo bajase de los 25 dólares en 2016 y que se mantenga hoy por debajo de los 70 se explica en buena medida por el éxito de una apuesta estadounidense por el "fracking" que, por otro lado, no se ha extendido a Europa, pese a estar descrita la existencia de reservas relevantes, sobre todo de gas de esquisto, y con ser la UE la región desarrollada del mundo que más depende de las importaciones energéticas.

Más allá de la épica y de la versión grasienta del sueño americano, la diferente penetración del "fracking" en EE UU y en Europa tiene explicaciones terrenales. El estadounidense propietario de un terreno lo es también por lo común de lo que hay en el subsuelo y tiene derecho a explotarlo y a arrendar sus derechos a otros. En la UE, esos derechos mineros son de dominio público y están regulados por la Administración. Es por ello lógico que para los norteamericanos resulte tentador sacar partido de su propiedad y también relegar la cuestión ambiental. Aunque la denuncia de envenenamientos de acuíferos y de terremotos cuyo origen se atribuye a efectos colaterales de la fracturación hidráulica no es infrecuente en EE UU, una circunstancia más rebaja su volumen: los territorios que, como Dakota del Norte y del Sur, albergan más explotaciones tienen una bajísima densidad de población (cuatro habitantes por kilómetro cuadrado, frente a los 92 de España). Allí, lo que queda de los indios sioux ha intentado frenar el avance de un gran oleoducto clave para la industria y para el negocio, entre otros, de Harold Hamm, petrolero, amigo y antiguo socio de Donald Trump y sin parecido alguno con James Dean.

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