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Javier Ciervo

Un millón

Javier Cuervo

Un armario para llorar

No lo tome muy en serio, porque ya no se distinguen las "instalaciones artísticas" de los catálogos de Ikea y en las ferias de arte se venden chistes tridimensionales para crear polémica, pero en una Universidad de Utah (EE UU) han instalado un armario para meterse a llorar en época de exámenes. La alta emocionalidad de los jóvenes del siglo XXI ya tiene su mueble.

No es tan raro: la alta religiosidad dejó muebles como el católico confesonario donde hombres, mujeres y niños con uso de razón se encierran con un cura para susurrar secretos. Y se van sin que el cura salga del armario. El confesonario es una ducha de la conciencia en pareja. El reclinatorio era un mueble de rezar en las casas rancias, diseñado para arrodillarse, en silencio, mirando al techo, donde Dios se descascarillaba.

Este armario se llama "cry closet". Si triunfara, propongo traducirlo como "lacrimatorio" o "lacrimario". "Closet" significa armario, pero nos sugiere sanitario por el "water closet", como llegó llamándose el váter a España. Los nombres de fuera han evitado la franqueza de nuestro castellano. Teníamos el aguamanil para lavar las manos; menos mal que adoptamos "bidet" para no llamarlo aguacunil.

Ese armario de lágrimas tiene un sentido sanitario -y religioso, ya que este mundo es un valle de lágrimas- porque sólo dejan estar diez minutos en ese espacio forrado de negro y decorado con peluches. Es mucho tiempo si más de una persona tiene necesidad de echarse a llorar, algo corriente dado que el llanto es contagioso, aunque no tanto como la risa. Sólo dejan entrar al lacrimatorio de uno en uno. "Venga, que me lloro encima delante de todos". Hay rechazo hacia este mueble entre los más duros, esos que dicen que a la Universidad se va llorado de casa.

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