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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Atalaya sobre la ría

Desde una atalaya de Rodiles que gobierna el horizonte como una almena del altozano, la vista de la ría de Villaviciosa resulta mágica y sobrecogedora. A media tarde, una cortina de niebla avisa de la lluvia, y desde mar adentro se avecinan los clarines del aguacero, que resuenan en la lejanía como un aviso previsible. El recogido torreón avisa, como vigía, del advenimiento del temporal, que al final de la jornada deviene en un ligero orbayu que no impide el desenvolvimiento de los lazos amigables de un grupo heterogéneo de personas de distintas regiones que comparten conversación a cubierto.

Inevitable resulta volver la vista, de vez en cuando, al imponente estuario, que de pronto se despeja y deja al descubierto los porreos, esas porciones de tierra ganadas al mar y su frontera de cárcavas, líneas divisorias cuya geografía sólo los vecinos de la villa son capaces de descifrar.

El agua dulce de los riachuelos cercanos converge con la salina del mar en un juego ancestral de mareas que componen la partitura de un humedal sorprendente que alberga procesos ecológicos insospechados y da cobijo a floras y faunas linícolas. Los amigos del Sur quedan sorprendidos a la vista de una marisma halógena donde conviven comunidades vegetales que toleran, sorprendentemente, la salinidad marina.

A la bajamar, los bancos de fango sirven de escenario a otras formas de vida que habían huido al avance de la marea alta. Pocos espacios naturales de Asturias resultan tan sorprendentes como la ría de Villaviciosa. Escasos espectáculos visuales resultan tan conmovedores como disfrutar del estuario desde la atalaya que generosamente ofrecen cada año a un grupo de amigos Ramón y María.

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