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La vida vista desde el retrovisor de un largo camino andado

Una historia vital

Aunque no lo parezca, la vida está muy bien planificada. El gran secreto es saber aprovecharla. En los primeros momentos, apenas nos damos cuenta de lo que es vivir, por eso percibimos que el tiempo transcurre lentamente. Durante la niñez, mientras estamos creciendo, todo tarda en llegar. Nos parece que el tiempo está detenido y que no acabamos de alcanzar el momento en que se nos considera jóvenes.

En la juventud, vivimos una explosión en el alma y el cuerpo. En aquélla, se siente el amor; y, en éste, se instala la fuerza. Aún no ha aparecido la sabiduría, tal vez porque no se necesita. Pero en lo demás, es la época de mayor exceso: sobra tanta fuerza física y espiritual que nos volvemos generosos y abandonamos la tacañería y el egoísmo de la niñez. Y es en este estado de largueza y liberalidad, cuando se comienzan a desperdiciar las vivencias intensas y conscientes del presente que se vive.

En el comienzo de la edad adulta, se escala en la profesión y se forma la familia. Y estas dos ocupaciones son tan absorbentes, que te impiden caer en la cuenta de que ya debes empezar a saborear cada instante de lo que estás viviendo. Nacen los hijos y van surgiendo momentos maravillosos e irrepetibles que vas dejando pasar sin disfrutar con la debida vehemencia. Empiezan a hablar, confunden las palabras, hacen regulares todos los verbos, se les caen los dientes, aparecen las sonrisas melladas y los incisivos, que van saliendo poco a poco, asoman desproporcionados por los labios. Todo va transcurriendo lenta, pero inexorablemente.

En la época del asentamiento, hay un momento de dulce calma: se mira hacia atrás, buscando la satisfacción por lo conseguido. Es la época de hacer balance. Y lo pasan mejor quienes menos habían planificado su futuro. Porque, si se tuvo muy claro a dónde quería llegar, sabe si se ha alcanzado, y es más difícil contentarse con lo logrado. En esta etapa, el alma se ha formado definitivamente y el cuerpo llega a su plenitud. Y es a partir de entonces cuando empieza de un modo imperceptible el camino hacia la nostalgia.

Transcurrida la etapa del asentamiento, se advierte que va cediendo la fuerza física, pero el empobrecimiento progresivo del cuerpo se compensa con un enriquecimiento paulatino del alma. Empieza a fermentar el poso de lo vivido y se va adquiriendo la sabiduría. Y es en ese tiempo cuando aparece lenta, pero progresivamente, la añoranza de una dicha perdida o, por mejor decir, de una dicha desaprovechada. Recuerdas con nitidez momentos felices que has pasado y lamentas no haberlos vivido más intensamente. Te parece que has estado poco con tu familia, que no hablaste lo suficiente con el hijo que se confundía, que no miraste lo bastante sus primeros dientes, ni su dentadura incompleta, ni la dentición irregular que se iba convirtiendo en definitiva. Y lo que es peor, te vas dando cuenta de que son momentos que nunca volverán. Te arrepientes de haberte volcado excesivamente en tu profesión, descuidando otras facetas más importantes de tu vida. Y finalmente, te asalta la sensación de que nos limitamos a existir cuando estamos en el presente y vivimos de verdad cuando recordamos el pasado.

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