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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Aviones de combate

Miles de personas se congregaron ayer en las proximidades de la playa de San Lorenzo y abarrotaron el Muro para participar, como invitados de piedra, en la liturgia de uno de los acontecimientos del verano gijonés: el Festival Aéreo, un evento singular que cuenta con afines y detractores. Y que después de trece ediciones, o doce más una como figuraba en la publicidad de los carteles, diseñados sin duda por supersticiosos, puede considerarse consolidado y del gusto de la ciudadanía.

Bajo un sol, por fin, de justicia y un Nordeste ligero que limpió el escenario visual de impurezas que impidieran la contemplación perfecta de las acrobacias de las escuadrillas, el vuelo final de las aeronaves de combate resultó sobrecogedor. No sólo por el estruendo de la ruptura evidente de la barra del sonido, sino por la certeza de que lo que sobrevolaban las cabezas de tanta gente eran potentes y bien engrasadas máquinas de guerra.

Y uno no pudo evitar pensar en que hace unos pocos días al menos 26 civiles -entre ellos once niños- murieron en bombardeos del Ejército sirio y ruso contra dos poblaciones del sur de Siria controladas por extremistas radicales. Esa gente, que habrá aprendido a identificar por el ruido ensordecedor la llegada de los motores de los aviones de combate, seguramente sentirá un terror innumerable al notar la cercanía de ese zumbido que ayer, a los gijoneses, nos pareció la traca final de una fiesta veraniega.

Celebro la pericia de los pilotos y los arabescos de sus naves, pero ayer, a la altura de la escalera dos, no pude evitar el escalofrío de pensar que ese ruido infernal que para nosotros es motivo festivo, en otras latitudes supone el anuncio incuestionable de la muerte.

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