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Las redes sociales debilitan la democracia

Contenidos personalizados de Twitter y Facebook amenazan los espacios públicos de debate

Que los árboles de la tecnología no nos impidan ver el bosque de la verdad: la censura goza de buena salud y las redes sociales tienen mucho que ocultar al respecto. Su entramado de algoritmos está pensado y prensado para que los usuarios encuentren en sus búsquedas y capturas de información aquello que coincida con sus gustos y opiniones: nada de leer argumentos que nos llevan la contraria, no vayamos a admitir que estamos equivocados o que hay realidades que nos incomodan. Para qué contrastar datos si el espejo virtual nos devuelve la imagen deseada.

Las grandes maquinarias de Internet tienen en sus manos la tecnología necesaria para tomar decisiones globales sobre lo que debemos leer y pensar. Se alimenta de información personal que proporcionamos alegremente desde hace mucho tiempo, y ese abultado material privado sobre intereses y preferencias es el mejor anzuelo para atraer publicidad con el punto de mira muy bien equilibrado. Así, dibujar un perfil personalizado en el pasaje virtual es la pretensión máxima de Yahoo, Google, Facebook, Youtube y Microsof Live.

Eli Pariser, autor del libro "El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos" (Taurus), lo denuncia sin contemplaciones: la navegación controlada por esos gigantes tecnológicos imponen una sociedad en la que las ideas propias son trituradas por manipulaciones ajenas, lo que da como resultado una democracia contaminada y paralizada por esa superchería llamada "información personalizada", y que no es más que una forma de atrapar al usuario en una burbuja que la mantiene aislado de todas aquellas noticias que se alejen de un pensamiento acotado y acogotado. Peligra el diálogo, está amenazado el debate compartido, se tambalea el intercambio de información fruto de experiencias comunes y no singulares. ¿Quién necesita consenso llegado el caso? Es el triunfo de las llamadas cámaras de eco ("echo chamber"), esto es, la amplificación de noticias e ideas muy concretas dentro de un circuito cerrado que no admite disensiones ni oposición, terreno letal para minorías o creencias que se escapan a la corriente mayoritaria y / o manipulada.

Las redes sociales han contribuido, sería necio negarlo, a la construcción de algunos espacios públicos con bienvenida influencia en procesos democráticos que no habrían tenido el mismo eco sin ellas, pero también están detrás en gran medida de operaciones tóxicas como la victoria del Brexit y el triunfo de Donald Trump mediante el uso indiscriminado y retorcido de las noticias falsas. Como apunta la experta en tecnología y medios digitales Marilín González, "cuando Facebook o cualquier web personalizan su servicio de noticias, se preguntan si los usuarios están recibiendo lo que quieren. Pero además de consumidores, somos ciudadanos, y en esa óptica deberíamos evaluar a las redes sociales, proteger nuestras plazas públicas y desarrollar herramientas contra la fragmentación. Como ciudadanos podemos solucionar problemas colectivos -como el de la contaminación del aire- que como consumidores no lograríamos abordar".

Frente a esa realidad lastrada y corrompida que nos escamotea la igualdad de palabra y mutila gran parte de la información veraz y rigurosa que atiende a todas las fuentes y no las limita en ningún caso, expertos como Federico Aznar Fernández-Montesinos, analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos, sugieren que ante el avance de las redes sociales como principal suministrador de noticias en el ecosistema de la información sea necesario confiar en medios que sigan apelando al argumento académico, las referencias y los criterios de autoridad ante una opinión pública "con poca capacidad de discriminación y sin tiempo para documentarse". Y apunta: "Las preferencias de la opinión pública por la emoción antes que la veracidad y la búsqueda de argumentos que refuercen los propios argumentos más que su cuestionamiento, tienen su mejor aliado en los algoritmos, conjuntos de reglas para realizar operaciones, que seleccionan la información según los deseos, creencias o expectativas de los usuarios de las redes sociales. Ello ha supuesto un agrupamiento de las personas que piensan igual".

La globalización y la democracia digital, concluye, "ha generado una especie de tribalismo emocional entre grupos identitarios que en ocasiones genera derivas peligrosas". Lo que Pariser llama "filtros burbuja" ("filter bubble") no es otra cosa que certeros disparos que fragmentan la sociedad y la llenan de reductos ideológicos y culturales: de nuevo escuchamos las reverberaciones de las "cámaras de eco". Y reclama: "Se necesita educación, un periodismo fuerte y referencias críticas que impidan que perdamos las esencias. Estos son pilares insustituibles de nuestras sociedades cuyo reforzamiento es imperativo. Los valores son referencias para las crisis, no para cambiarlos cuando estas llegan". En definitiva, necesitamos un periodismo serio, veraz y riguroso que combata la posverdad, no se deje aplastar por la ley de los algoritmos reduccionistas y embaucadores y proteja los espacios donde se comparten y respetan ideas y creencias que no coincidan con las nuestras. Necesitamos más democracia.

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