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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

El mar no es una lavadora

El mar Cantábrico, generoso y bravío, no es una monumental lavadora. Nadie piense que el océano, porque se bata el cobre cada día con el acantilado y lo horade con secular maestría de orfebre, es como la alfombra de esos despachos bajo la que la escoba esconde inmundicias. Hemos pensado y actuado así durante décadas: todo al mar, que el mar todo lo traga: vertidos, desperdicios, aguas residuales, desechos fecales, toneladas y toneladas de plástico...

Cada año, un grupo de buzos limpia los fondos del puerto deportivo de Gijón, y de sus aguas emergen cargados de impensables cachivaches, como si la bahía fuera el "punto limpio" de Tremañes; estos dos últimos meses hemos vivido episodios esporádicos de contaminación en la playa de San Lorenzo que obligaron en dos ocasiones al Ayuntamiento a prohibir el baño, y, por culpa de una negligente decisión política, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea acaba de imponer una multa a España por retrasar el saneamiento de varias ciudades, entre ellas la zona este de Gijón. ¿Cabe en cabeza bien pensante que las aguas residuales que generan cada día 150.000 gijoneses vayan a parar, sin tratamiento alguno, a la costa, aunque se trasladen mar adentro a través de un emisario submarino?

La multa europea es consecuencia del fracaso de una deficiente política medioambiental, en unos casos, y de decisiones erráticas en otros que, como en Gijón, acabó con la depuradora construida pero sin poder entrar en funcionamiento, por mandato judicial. La sanción de la UE la abonará el Estado, pero la pagamos todos los ciudadanos; como pagaremos caro, antes o después, haber convertido el mar en un estercolero.

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