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José María de Loma

Un señor con memoria

A propósito de una biografía de Juan Negrín

Eran las 10.17. Céntrica librería. Frescor de aire acondicionado. Poca gente en el establecimiento. Un señor de más de ochenta años, en perfecto estado de revista, elegante camisa azul, pantalón gris, sombrero y un abanico en la mano, se dirige al chico del mostrador. Buenos días, le dice, "quiero una biografía de don Juan Negrín".

Cuando pronuncia el nombre del político lo dice con un tono, aire, aura, de respeto. No. De reverencial respeto, mejor dicho. Como a esa hora ya he tomado dos cafés y el enterao que uno lleva a veces dentro (tú también) estaba despierto, estoy tentado de decir: la mejor es la de Enrique Moradiellos, pida esa, pida esa. Pero no digo nada. Sigo ojeando "Filek", la historia del científico que engañó a Franco, novelazo de Martínez de Pisón. El dependiente dice que hay dos pero que no hay ninguna. El señor en perfecto estado de revista y yo quedamos un poco perplejos, cuando no anonadados.

La verdad es que la respuesta es bastante metafísica. Se aclara: en el catálogo tenemos dos pero las dos están agotadas. Lee los títulos y el hombre de elegante camisa azul (lástima que fuera de manga corta) se decanta por la segunda. La pido, deme su télefono, inquiere el joven. El hombre lo da. Pero es un fijo.

No. Un móvil, dice el empleado. Con un móvil le llega rápido la notificación de que el libro está aquí. El hombre de más de ochenta años se encoge de hombros y como niño pillado en falta dice picarón y un punto avergonzado: no me sé mi móvil de memoria. Se palpa el bolsillo.

Hay un silencio que ni siquiera el enterao que llevamos dentro rompería. Un silencio que al principio es incómodo y luego es íntimo, entrañable, cotidiano, dulce. Al fin, el señor con sombrero y abanico dice: yo paso por aquí todos los días. Pídela y vengo mañana. El hombre quiere recordar (ya lo sabe por testimonios directos, indirectos u otros libros) qué hizo Negrín, médico, políglota, ministro, presidente del Gobierno en la Segunda República, pero no recuerda, o seguramente no quiere memorizar, el número de su móvil. Memoria histórica sí, de la otra para qué.

Hay aquí una reflexión o paradoja, que yo no sé muy bien hacer y no sé si quiero hacer. Una contraposición de lo urgente y necesario, una lección, tal vez, igual no, de para qué sirve o utilizamos la memoria.

De otro lado, no se qué le cuesta al mozo de la librería llamar a un fijo y decir: su libro ya ha llegado. Buenos días.

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