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Pedro de Silva

Pelayo era playu (I)

La historiografía palaciega puso interés en ocultar que el primer rey de la monarquía asturiana fue un noble gijonés de ascendencia a la vez autóctona y romana y no un godo refugiado en el norte

El actual Gijón está iconográficamente dominado por dos grandes estatuas, que presiden sus respectivas plazas: una es la de Pelayo, junto al Muelle local, y otra la de Jovino, en la llamada Plaza del Seis de Agosto, así nominada en honor a la fecha de la entrada triunfal del Patricio en su último, y efímero, regreso a su ciudad.

Pelayo y Jovino se vigilan a cierta distancia. De la Plaza de Pelayo arranca la calle del Instituto, que, en su otro cabo, se estrella contra el frontal de la sede histórica del Instituto de Náutica y Mineralogía creado por Jovellanos. Y de muy cerca de la Estatua, Jardines de la Reina por medio, arranca la Calle Corrida, que acaba a los pies de la Estatua de Jovino.

Pelayo y Jovino son los dos santos locales, aunque con distinto énfasis. Pelayo llena casi por completo el Escudo de la ciudad, y está por todas partes, incluidas las tapas de fundición de hierro de las bocas de alcantarilla. Sin embargo, y a pesar de tanto esfuerzo, no se le acaba de ver como algo propio, sino más bien como un visitante ocasional, o un refugiado político, que luego haría carrera tras buscar suerte en Cangas de Onís. Nada parecido a Jovino, que es el alma misma de la ciudad, gloria, ejemplo y omnipresente espectro.

En realidad los gijoneses han sido engañados desde siempre con Pelayo. La historiografía oficial, prisionera desde hace más de once siglos de los escribas palaciegos de la Monarquía de Oviedo, hace de Pelayo un godo refugiado en Gijón, tal vez de estirpe regia y en todo caso de empleo nobilísimo -espatario de Rodrigo- que restablece el hilo roto por los islamistas. Es el fruto del empeño del último Rey de la monarquía asturiana, y sus escribas, de reescribir la historia para dotar con ella a su propio presente, y engrandecerlo.

Bien mirado resulta absurdo pensar que Pelayo fuera un godo refugiado. Pelayo, o Pelagio, es nombre típicamente romano. Lo más probable es que fuera un gijonés muy principal, con ascendencia a un tiempo indígena y romana. Los árabes le llaman Pelayo el Romano, y desde luego sus crónicas son mucho más creíbles ya a simple vista que las cristianas, pues aunque hagan obvias concesiones mantienen las distancias. Están hechas por profesionales, y no por monarcas, como les ocurre a las autóctonas.

Eso no quiere decir que Pelayo fuera enemigo de los godos. Muy al contrario, los godos se reclamaban herederos de Roma, y es probable que, bajo los reyes godos, Gijón cumpliera la misma función que en tiempo de Roma: colaborar, como plaza fuerte y sede de guarnición, en el sometimiento de los astures más salvajes y levantiscos, que habitaban en el interior y se alzaban periódicamente en armas. Pero Pelayo no era un godo, era un romano-gijonés muy orgulloso de su origen, y con mando en plaza en su ciudad.

La tergiversación de Pelayo es también icónica: se le representa con un atuendo más propio de la Baja Edad Media, un tanto caballeresco, como de al menos medio milenio más tarde. Le ocurre en esto lo mismo que a otro personaje mitad histórico mitad legendario, el Rey Arturo, secuestrado por sus enemigos sajones (que al final se hicieron con el cotarro, y por tanto con las fuentes de la historia), y convertido en uno de ellos, cuando con sin duda era un celta-romano. "El último romano", dice alguna crónica, en un raro paralelismo con el apodo de Pelayo.

Al llegar los árabes, tras la derrota de Guadalete, se instalan en Gijón y la hacen capital de distrito administrativo. El lugar elegido es muy obvio: una plaza fuerte que, ya desde Roma, y durante el periodo godo, había servido para protegerse de los astures insumisos. Son curiosas las referencias de los autores árabes a la "roca de Pelayo", como punto final de la invasión. Aunque suele interpretarse de otro modo, no hay razón alguna, sino todo lo contrario, para descartar que se refieran al Cerro. En tal caso esa identificación entre Pelayo y la Plaza Fuerte tal vez sugiera el papel principal que desempeñaría en ella.

Pelayo y los gijoneses los recibirían razonablemente bien. A fin de cuentas traían una cultura brillante e innovadora, y además en principio los árabes les reconocieron su estatus de jefes locales, aunque a las órdenes del nuevo Gobernador. Nada muy distinto de lo ocurrido durante siglos con los godos, otro pueblo guerrero. Pero los árabes en seguida se pasan, en los dos temas de siempre: impuestos y mujeres. Empeñado en legitimarse cuanto antes, Munuza quiere casarse con la hermana del jefe local, Pelayo, pero a este no le gusta para cuñado. Munuza acosa, Pelayo se enfada, hay movida en Gijón, le llevan en rehén a Córdoba (prueba de que era un indígena de prestigio y con mando), se escapa, regresa e intenta alzar a los gijoneses, algo que no consigue. Entonces va en busca de los irreductibles de siempre, que habitan en las faldas del Vindio, los Picos de Europa. O sea que no es un encuentro casual, como se viene diciendo. Pelayo sabe que ya andan alborotados, como a cada poco ocurre desde hace muchos siglos. Se trata de un pueblo en territorio de los cántabros, pero que nunca ha perdido autonomía, el mismo que combatió contra Roma, nunca fue del todo sometido y se alzó al menos dos veces frente a los godos. ¿Vadinienses?; tal vez. Gentes arriscadas e indomables, que se creen custodios de la Montaña Sagrada, el Vindio, y se encierran en ella cuando hace falta. Todos los pueblos astures y cántabros sienten hacia ellos respeto, como custodios de la deidad telúrica, y también miedo. Hacia ellos va Pelayo, y empieza a lavarles el cerebro. Tal vez nunca hubiera hecho carrera con ellos, más allá de formar un pequeño poder territorial, si no fuera porque los islamistas, hartos de oír historias del grupo de insumisos, deciden ir a por ellos. O sea, justo lo que nunca se debe hacer con los irreductibles, que por algo se llaman así. Y ahí empieza todo, se arma la de Dios, nunca mejor dicho. Una chispa (Covadonga) que da lugar a un incendio que durará casi ocho siglos.

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