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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Sánchez, en su burbuja

Cuando se habita en una burbuja, un gobernante en minoría que alcanza el poder con votos prestados pero traicioneros vive en la ilusión permanente de actuar como si dispusiera de una mayoría aplastante. Y como tal actúa: campeador y a pecho descubierto. El realismo que acaba de abofetear las mejillas de Pedro Sánchez, a diestra y siniestra, puede acabar abocando al país a un adelanto electoral, por mucho que el presidente del Gobierno se empeñe en alargar una legislatura que estaba casi muerta y tuvo reanimación con un parto de nalgas.

Consumidos los fastos de la atractiva elección de los miembros del gabinete, el PSOE se ha quedado solo. Sus interesados compañeros de viaje de hace un par de meses se han tirado del tren en marcha, y el maquinista Sánchez va sin frenos directo a estrellarse. Me recuerda a un militar amigo que, cuando era capitán del Ejército español, le pusieron al mando de un convoy de Valencia a Chinchilla con soldados y abundante material bélico. Al llegar el tren a destino, descubrió que el material estaba, pero ni rastro de la tropa: se habían quedado hozando en un puticlub. Lo mismo le han hecho al Presidente los que le auparon con el único interés de descarrilar a Rajoy: una soberana putada en la vía muerta de la senda del déficit y el techo de gasto.

Y lo peor es que aunque convenciera a los lobos que devoran corderos a la estaca con concesiones espeluznantes, sus planes quedarían sepultados en el Senado, donde el rodillo del PP sería implacable con cada una de sus iniciativas y propuestas. O sea, que el mandato de Sánchez puede tener los días contados. Mantenerse en el poder contra viento y marea, entregado a las veleidades de insanas amistades peligrosas, supondrá, para el país -o lo que de él vaya quedando- un coste muy elevado.

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