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José María de Loma

Huevos con bacon

Una siesta después de comer

Se han puesto de moda los hoteles-gastro. Es decir, hoteles que poseen un buen servicio de restauración. Un buen servicio de restauración quiere decir un restaurante en condiciones. En condiciones de comer bien. Antaño en los hoteles sólo era potable el desayuno, que más que potable era novedoso. Alojarse en un hotel significaba desayunar, no como en casa, huevos revueltos con bacon. Ahora hay quien sólo va a un determinado hotel por el hecho de que en él se come muy bien. Si a ese placer, comer, le sumamos el placer que uno pueda dar u obtener en la habitación, solo o acompañado, debemos concluir que en los hoteles se está muy bien. Y tanto. Como fuera de casa, en ningún sitio, que dijo aquel.

Julio Camba, después de una azarosa vida (anarquista en Argentina, viajero por Oriente, corresponsal en Londres, Munich o París, las guerras) después de muchos zascandileos por España y por las redacciones de periódicos de su Galicia natal y Madrid, decidió un día que se internaría en el Palace. En 1949. Habitación 383. Tenía sesenta y pocos años y allí se murió el hombre, un 28 de febrero de 1962. Un tiempito de descanso, se pegó el gachó, sin duda. Camba ha sido uno de los articulistas más talentoso que ha habido en España. Puro humor inteligente, si es que ser serio es inteligente.

Yo me lo imagino desayunando no como un periodista, como un marqués. Leyendo la prensa no con ojos de periodista, más bien de ocioso rentista. Tomando el aperitivo. En la cama, claro. Recibiendo visitas y fumando. Tal vez un paseo por el hall mientras hacían la habitación. Salía, "algunos amigos se empeñan en llevarme a cenar". Aunque podía pasarse semanas sin hacerlo. Falta una novela con el botones que le llevaba las cosas a la habitación como protagonista.

Yo no sé cómo el gremio de los hoteles no aprovecha a Camba y publicita más sus peripecias. Desde aquí me ofrezco. Ya he escrito varios miles de columnas, así que puedo internarme en un hotel. No tengo el ingenio de Camba pero sé comer en la cama. No hace falta, aunque me gustaría, que fuera el Palace. Puede ser el Ritz. O un NH, un Gallery, un Room Mate o un Melia. Y ahí me veo yo redactando en la piscina con un martini y en bata bella prosa sobre rubios y rubias jóvenes nórdicos que chapotean alegremente en la piscina con la despreocupación propia que da la combinación de juventud, dinero y verano. En el bien entendido caso de que la bata es albornoz blanco y lleva un escudito en la pechera.

En cualquier caso, yo lo que quería contar es que, aparte de la moda de los hoteles con restaurantes no vomitivos, no entiendo como no los hay al revés. Quiero decir: no sitios para dormir que además tengan restaurante, no, sitios para comer que además tengan cama o posibilidad de siesta. Ya sea siesta del carnero (la de antes de comer), siesta obispal (dos horas después del almuerzo) o la clásica y muy española cabezadita, que no embota y permite afrontar el resto de la jornada con garantías. Como todo queda más cool en inglés, lo llamaríamos gastro-bed. Comes y si encarta te echas una siesta. Incluso sin moverte de la mesa. O sea, no sé para qué se han inventado los asientos reclinables que se convierten en cama. Y al despertar un whiskisito.

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