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Javier Ciervo

Un millón

Javier Cuervo

Del anonimato al tatuaje

A partir de los años ochenta, Londres se llenó de cámaras de videovigilancia. El escritor Alan Moore se indignó ante esta posibilidad que permitía el abaratamiento de la tecnología y que excitaba al Gobierno de Margaret Thatcher y realizó su revuelta contra el gran hermano en la serie de cómics "V de Vendetta", que dibujó en un estilo siniestro muy británico David Lloyd. Allí, la máscara de Guy Hawkes se convirtió en un símbolo que la realidad ha llevado al fenómeno electrónico y callejero Anonymous.

Lo que Moore no pudo prever fue que, años después, a partir de toda la tecnología servida al narcisismo, los jóvenes sonreirían a las mismas cámaras que les reprimen y les ofrecerían su mejor perfil, cotejable con el de Facebook. Ahora, donde no hay una cámara estatal que vigile muchas personas ponen la suya y suben a las redes sociales sus posados.

Del tiempo en que ser identificado era tener una relación molesta con la Policía, en el que irritaba a muchos la obligación del DNI, se ha pasado a registrar cada nimiedad en distintos escenarios y horarios del día a día. Del tiempo en que se buscaba la impunidad y también la intimidad de la imagen borrosa se ha pasado al de la nitidez y la singularidad del cuerpo tatuado en el que los dibujos en la piel son las vigésimas huellas dactilares. Se tatúan las personas en busca de una identidad y así consiguen ser identificadas.

El policía, que antes aspiraba a ser anónimo hasta el punto de que se le representaba como un colectivo gris de similar tamaño y vestimenta, que va enmascarado como parte de su coraza, ahora quiere tatuarse. Ahora, cuando los medios de comunicación tienen que pixelarles el rostro, ellos quieren la libertad de lucir tatuajes de alta definición.

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