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Vocación de vicepresidente

El papel de Pablo Iglesias en el Gobierno de Pedro Sánchez

La política española se ha convertido en un entretenido juego que podría llamarse "a ver quién engaña a quién". Es un juego novedoso propiciado por el reparto de poder parlamentario entre cuatro formaciones. Dos de centroderecha (PP y Cs) y dos de centroizquierda (PSOE y Podemos). Todo el mundo sabe que en un juego de cartas son necesarios, por lo menos, cuatro jugadores para una partida que merezca la pena. Menos de eso es conformarse con una triste brisca entre dos o, todavía peor, con un solitario, un juego propicio a las trampas y al autoengaño. "Hace trampas hasta en el solitario", se dice despectivamente del mal jugador.

En el sistema que surgió en la transición de la dictadura a la monarquía se favoreció el bipardidismo para dejar atrás la inicial y caótica "sopa de letras" de los micropartidos. Fue una explosión pirotécnica de entusiasmo democrático que duró lo justo hasta que se asentó el nuevo edificio constitucional apuntalado con abundante dinero. El bloque de derechas, o de centroderecha, estuvo formado inicialmente por la UCD de Suárez (por cierto el último secretario general del Movimiento) y por la AP de Manuel Fraga que había sido ministro de la dictadura. Y el bloque de izquierdas, o de centroizquierda, por el PSOE renovado de Felipe González, que se deshizo del PSOE histórico de Llopis, y el PCE de Santiago Carrillo, que acabó deshaciéndose de si mismo. Luego la AP de Fraga fagocitó a la UCD y el PSOE hizo lo propio con buena parte del PCE. Una vez aclarado el panorama, el bipartidismo se consolidó con sucesivas mayorías absolutas y cuando no las alcanzaba por poco echaba mano de los nacionalistas vascos y catalanes que siempre sacaban ventaja del pacto.

El predominio de tantos años desembocó en una oleada de prácticas corruptas y en la consiguiente desilusión entre el electorado. Y entonces se dio el fenómeno del 15M, una reacción popular que descolocó a la clase política consolidada. La efervescencia democrática no fue a más pero no por eso dejó de producir efectos. Entre otros, la aparición en escena de nuevos partidos como Ciudadanos y Vox en la derecha y Podemos en la izquierda. Ahora preside el gobierno el socialista Pedro Sánchez que al estar en minoría debe de contar, entre otros, con el apoyo de Podemos que es su socio más influyente. Un socio coyuntural porque al tiempo que apoya quiere disputarle parte de su electorado lo que produce algunos equívocos. Por ejemplo, al atribuirse el señor Iglesias la paternidad de algunas medidas sociales pactadas en el proyecto de presupuestos. O la gira del mismo Iglesias para recabar apoyo de los independentistas catalanes y de los nacionalistas vascos en una función que parece más de vicepresidente de Gobierno en la sombra que de fiable socio parlamentario. Un papel que ya pidió cuando Sánchez se postuló, sin éxito, para la presidencia del Ejecutivo con el apoyo de Cs. Así está la partida. Hay cuatro jugadores pero las parejas no están definidas todavía.

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