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Abogado

Los tiempos modernos

La necesidad de recuperar la política como instrumento para resolver los problemas de la gente

En el año 1972, el presidente Richard Nixon visitó la República Popular China. Durante una cena oficial de ambas delegaciones, Kissinger, a la sazón Secretario de Estado de Nixon, preguntó al hábil y sinuoso Primer Ministro chino, Zhou Enlai, cuál era su opinión sobre la Revolución Francesa. Tras un enigmático silencio, Zhou contestó que aún era "demasiado pronto para valorarla".

Esta elocuente respuesta del líder comunista, considerando precipitada la valoración de unos hechos acaecidos doscientos años atrás, es buena muestra de cuan diferente era la medida de los tiempos políticos por parte de los herméticos mandatarios chinos, en contraposición con estos tiempos líquidos y de inmediatez política de los que nos habla Zygmunt Bauman.

Siempre se ha dicho que la política era un asunto de deliberaciones y decisiones a largo plazo. Que los políticos debían pensar, a la hora de tomar sus decisiones, no en el interés de unos pocos, sino en el de la mayoría de los miembros de la "polis". Como decían los clásicos, gobernar es organizar los "pragmata", resolviendo las cuestiones que acucian a los gobernados y planificando a largo plazo, en busca de un bien común que alcance a las generaciones venideras. Por ello, causa enorme desazón y genera una gran inquietud esa forma de hacer política a la que nos tienen acostumbrados los líderes de la autodenominada "nueva política". Lo cierto es que la contraposición entre vieja y nueva política, identificando la vieja política con la pervivencia de instituciones y modos corruptos frente a una nueva política que ha venido para regenerar y llevar en volandas a "los excluidos" al poder, es pueril y no aguanta un análisis mínimamente riguroso. Tras su evaluación certera sobre las causas y las fuentes del malestar de la mayoría de la sociedad, todos estos nuevos actores han de superar esa forma espasmódica de hacer política, ese ímpetu para llevar a cabo medidas urgentes y cortoplacistas, tomadas a golpes de opinión pública, de forma errática y dispersa. La falta de planificación, la negativa a buscar consensos, el uso y abuso de instrumentos excepcionales como son los decretos-leyes con el fin último de burlar la falta de mayorías parlamentarias y la imposibilidad de llegar a acuerdos, denotan unos modos de gobernar que quizás otorguen a quien los usa réditos o beneficios a corto plazo, pero que dejan tras de sí daños muy difíciles de reparar.

Por mi parte, siempre he tenido claro que la diferencia entre un verdadero líder y un gobernante mediocre radica en su capacidad para medir el "timing" a la hora de hacer política. Así, una toma de decisiones precipitada o, bien al contrario, la práctica del "dontancredismo" político, en espera de que los problemas se resuelvan por sí solos, son actitudes, ambas, que denotan una evidente falta de capacidad para gestionar la "res pública".

Y por ello, esa concepción de la política como "el arte de lo posible", defendida por Aristóteles, Bismarck o el propio Churchill, lejos de ser denostada por aquellos que la interpretan como la máxima expresión del pragmatismo o del cinismo político, debería ser de obligado cumplimiento para todo aquel que quiera dedicarse a la "cosa pública".

Ya en el Siglo XVI, el gran Maquiavelo nos mostró que la política consistía en una técnica, un instrumento para resolver los problemas de la gente. Y concluía el sabio florentino que, el buen político, el verdadero "príncipe", es aquel que sabe actuar en el momento oportuno, encontrando el "kairós" para llevar a cabo su acción política, combinando, para ello, fuerza y virtud. Y a estas alturas de la partida, ya todos deberíamos saber que hacer política es algo más que la mera lucha por el poder, la toma de decisiones cortoplacistas y la utilización masiva de técnicas de marketing con el único fin de destruir al adversario; entre otras cosas porque, tal y como nos señaló el sabio Zhou Enlai, "todo hombre tiene derecho a que se lo combata lealmente".

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