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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

El teatrillo de Puigdemont

Reconozco que mi sentido de la caridad, heredado de la catequesis judeocristiana inculcada por vía materna desde niño, baja muchos enteros a la hora de valorar a la clase política en general, y de ello en ocasiones me arrepiento y hago acto de contrición sin necesidad de llegar al flagelo. Pero existe un caso único que en lugar de caritativo me vuelve colérico. Es ver asomar por la tele el flequillo de Puigdemont y las tripas se me revuelven y me dan ganas de apagar el interruptor, como inevitablemente hacía mi abuelo cada vez que ocupaba la pantalla de su vieja Telefunken, allá por los últimos años setenta, la figura, a su juicio desafiante, de Santiago Carrillo.

Me refiero a Puigdemont Casamajó, exalcalde de Girona y de la Generalitat catalana, ese tipo vil que se pasea por cierta Europa que va de culta y libre y que se piensa que este país se gobierna con el mando de una república bananera. Un tipo que se define presidente catalán en el exilio cuando se trata de un cobarde prófugo de la justicia no merece mayor crédito que el desprecio. Un personaje siniestro que vive a cuerpo de rey a cargo del erario de su ínsula Barataria y que se permite el lujo, en total impunidad, de pronunciar conferencias contra el Estado opresor que lo va a meter en chirona en cuanto que pise de vuelta la misma frontera que atravesó saliendo por patas huyendo de la Policía. Un impresentable, en conclusión, que se sirve de un títere como Torra para organizar, en diferido, la representación bufa de su patético teatrillo y al que Tajani ha puesto en su sitio, reventándole un acto en el Parlamento Europeo donde iba a hacer apología del independentismo en clave flamenca.

En fin, que me he despachado a gusto, aunque me haya saltado, una por una, las bienaventuranzas.

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