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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

El qué dirán

Prescindir de presentador en la ceremonia de los "Oscar", otro síntoma de la creciente autocensura

La decisión de la Academia de Cine de no utilizar presentador en la gala de los "Oscar" ha sido todo un síntoma del tiempo en el que vivimos. Tenemos miedo. Tenemos mucho miedo a meter la pata, a equivocarnos. Pero, sobre todo, tenemos miedo al qué dirán.

La Academia de Hollywood no prescindió de presentador -por primera vez en 30 años- para que la ceremonia fuera más ágil, para buscar un formato más innovador, o porque no encontrara a nadie capaz de hacerlo con solvencia. Prescindió de esa figura tan esencial por miedo al qué dirán.

El presentador ha sido clave en la historia de los premios, la mitad del éxito de la gala. Algo por lo que lucharon muchos actores, porque suponía la cima de la profesión, entrar en esa lista de los grandes que se atrevieron a exponerse al público sin miedo: Billy Cristal, Hugh Jackman, Bob Hope, Woopi Goldberg, David Niven y tantos otros. Pues ya no habrá más.

Todo empezó el pasado mes de diciembre cuando Kevin Hart -actor de comedia, ex jugador de la NBA y negro- renunció a presentar la ceremonia después de que salieran a la luz unos viejos tuits, al parecer homófobos. ¿Y qué hace la Academia? Cortar por lo sano, renunciar al presentador y así no hay viejos tuits entre los que rebuscar en la basura.

No es miedo al qué dirán los críticos, la audiencia o las propias gentes del cine. No. Es miedo a las redes sociales, que se han convertido en jueces sumarísimos, una Fuentevejuna en la que dictaminan -dictaminamos-, todos a una, sobre lo que es correcto y lo que no.

Ese mismo miedo fue el que, a principios de este mes, llevó al actor Liam Neeson a cancelar la alfombra roja en el estreno de su nueva película en Nueva York. ¿Por qué? Porque el había cometido el brutal error de decir lo que pensaba. La jauría se le había echado encima y era objeto de las iras de la masa bienpensante.

Liam Neeson, que ya lo ha hecho todo en el cine ("La misión", "La lista de Schindler", "Michael Collins"?) tuvo la osadía de sincerarse con un periodista. Hablaba de su nueva película, "Venganza", la historia de un padre que siente el impulso de vengar la muerte de su hijo. Y Neeson fue tan ingenuo que contó una experiencia personal de muchos años atrás. Unos tipos, de los que solo se sabía que eran negros, violaron a una buena amiga suya. Confesó que durante varios días merodeó por los barrios negros con la intención de encontrar y matar a los violadores. Pero no lo hizo, claro. Solo explicaba cómo, en el ser humano, a veces brotan instintos irracionales, como el deseo de venganza.

La sinceridad, decir la verdad, tiene un precio. Puede ser la condena al ostracismo, el linchamiento digital o la ruina social. Entonces, ¿es mejor callarse para evitar males mayores? ¿Eso no es autocensura? ¿Miedo a ofender? Solo quedan dos alternativas: callarse y comulgar con el pensamiento dominante o cumplir abnegadamente la condena por ir contracorriente.

Durante el franquismo -recuerdo- el qué dirán era muy popular. No, no vayáis a vivir juntos sin casaros. ¿Por? Por el qué dirán. No, no entres a ese bar con mala fama. ¿Por? Por el qué dirán. No, hombre, quítate esos pantalones rotos. ¿Por? Por el qué dirán. Y uno siempre argumentaba lo mismo: si no me conoce nadie. Da igual, quítatelos. Nos censuraba más el miedo al qué dirán que la propia represión del régimen.

Por el qué dirán dejamos de hacer muchas cosas que nos hubiera gustado hacer. Por el qué dirán nos callamos. Por el qué dirán, los "Oscar" no han tenido presentador este año ni Liam Neeson alfombra roja en el estreno de su película. En la guerra del qué dirán está claro quién va ganando.

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