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Mezclilla

Carmen Gómez Ojea

Mo

Una historia que también puede interesar a niños y adolescentes

Prisco, cuyo nombre romano significa venerable, de doce años de edad, sobrino de una amiga, me preguntó la causa de que en los diarios y periódicos no haya alguna página protagonizada por niñas, niños y adolescentes que pudiera leerla la gente de esa edad. Le dije que quizá fuese debido a que ni a la juventud ni a la niñez les interesa esa lectura y me replicó que a sus colegas y a él y a mucha gente les encantaría que hubiera páginas para niñas, niños y adolescentes en cuyas casas entraba a diario LA NUEVA ESPAÑA. Después me pidió que le leyera mi último escrito. Y comencé la lectura de “Mo” que lo desilusionó un poco porque, al final, la tía era una señora vulgar, no una bruja como esperaba. Lo cierto era que Mo, Modesta, no llevaba a casa a sus amigas pretextando que su tía Paz, como era bruja, estaba muy ocupada preparando pócimas mágicas y organizando un viaje aéreo envuelta en su capa negra. Pero una tarde el corazón comenzó a brincarle enloquecido porque la puerta del dormitorio estaba abierta. Mo le dio un empujoncito a la hoja de madera y se apartó para que, si la tía escuchaba el ruido, creyese que se trataba de una corriente de aire. Estaba sentada de espaldas a la puerta, escribiendo. ¿Le estaría mandando una carta a otra bruja? Aquella pregunta surgió en la cabeza de Mo cuando tía Paz se levantó para hacer algo que la dejó con la boca seca, como quitarse su pelo rojizo y encajarlo en la bola de madera de la mesilla que se convirtió en una cara pálida, sin ojos ni boca ni nariz, y con un cabello que brillaba como una llama infernal. Entonces oyó a su madre diciéndole que atendiera a la llamada telefónica de su amiga Demi que llegó con las otras, Dalia, y Javiera, preguntando impacientes por la bruja. Mo les explicó que verían algo anormal desde el pasillo, por una discreta apertura de la puerta y les indicó que se fijaran en el pelo que refulgía como una bola de fuego. Está hecho con pelos del diablo y teñido con sangre de macho cabrío que es el animal protector de las brujas y quien lo toca se quema, les musitó, y las otras no le dijeron ni pío. Pero al ver a tía Paz roncando, empezaron a reírse como locas tan ruidosas, que la despertaron. Y lo que pasó a continuación fue atroz por los gritos despavoridos de la tía- abuela y sus reproches a Mo por invitar a sus amigas con la finalidad perversa de reírse de ella y por la mirada acusadora de la madre que había acudido presurosa a saber qué ocurría, y por las palabras de su amigas de: Eres una bolera. No es bruja, es una calva que usa peluca, que Mo escuchó aterrada, pero no tanto como tía Paz que, muy rabiosa, había empezado a zarandearla chillándole ¿Bruja? ¿Soy una bruja? Menuda deslenguada eres tú… Porque, mona, ya no eres tan pequeña como para ignorar ciertas cosas. Qué acción más fea la de aprovecharte de mi sordera para reírte de mí, mientras descanso. Si el mundo sigue por este camino de salvajismo, tú y las pécoras de tus amigas cuando tengáis mi edad, no podréis salir a la calle, porque las niñas y niños escupirán y os tirarán piedras. La voz de tía Paz temblaba y en sus ojos brillaban las lágrimas y Mo empezó a pedirle perdón llorando y tratando de abrazarla. Pero seguía furibunda y la rechazó con brusquedad. Después, Demi y las demás se fueron sin despedirse. Y por la noche sus padres no entraron en su habitación a darle un beso, como siempre. Y al día siguiente en el colegio, sus amigas la recibieron dando muestras de falso asombro: Huy. Creíamos que tu tía, la bruja, en castigo, te había convertido en lechuza… Estábamos convencidas de que a estas horas serías un raposo o un alacrán o una sapita. Eres una embusteraza y piensas que somos tontas de capirote. Mira que tratar de hacernos creer que la peluca de tu tía era mágica... Mo no les replicó. Permaneció lo más impasible que podía soportando sus risas y sarcasmos. Se sintió humillada y no paró de hacerse reproches por haber sido tan necia. Pero, de todo aquello lo que más le dolió fueron las palabras de su padre: Nunca pude sospechar que fueras capaz de una crueldad tan estúpida, le dijo. Y se negó a escuchar sus protestas cuando trató de recordarle que fue él quien le dijo que tía Paz era una bruja que tendría que llamarse Guerra. Y supo por Sabelo, que hacía las tareas de la casa, que doña Paz se había marchado, dando un portazo morrocotudo y asegurando no poner nunca más el pie bajo aquel techo, donde tenía una sobrina-nieta de muy malos sentimientos. Mo estaba consternada y lloró y lloró y le escribió una carta a su tía que decía: Perdóname el daño que te hice y, si no puedes perdonarme, castígame como quieras, porque me duele mucho el daño que te hice. Su madre le llevó la misiva y regresó con una cajita, donde había un anillo y un papel que decía: Estás perdonada. El anillo me lo regaló una niña leprosa a la que besé sin remilgos. Y Mo besó el anillo y rompió a llorar, musitando: gracias, querida tía-abuela Modesta, pues llevar tu nombre me encanta y me hace muy feliz. Y ojalá que toda la gente fuera como tú, tan buena, tan generosa tan divertida y tan imaginativa. Y recibió una carta de Prisco, donde le decía: gracias por tu ayuda y por enseñar sin artificios que la literatura es un brote de necesidad y de deseo de jugar con las palabras; un brote de amor, de cantar o contar, narrar porque la prosa puede ser también poesía.

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