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La Lliga y el PNV, una visión histórica de las derechas periféricas

En pleno frenesí preelectoral, ha pasado desapercibida la muerte, el pasado 28 de febrero, de Xabier Arzallus. Con el fallecimiento de Arzallus, nacido en la Guipúzcoa profunda, en el seno de una familia carlista, desaparece uno de los últimos protagonistas de la transición y de la política en Euskadi durante los últimos 50 años. Y ello, porque en la figura de este "azcoitarra", antiguo jesuita e hijo de un conductor de autobuses que se unió al requeté en su alzamiento contra la República, se personalizaban, de forma insuperable, las principales características del viejo partido al que estuvo ligado la mayor parte de su larga vida. A saber, su dualidad entre un corazón independentista y una visión pragmática de la política y la influencia de la iglesia católica, especialmente de la Compañía de Jesús y de su Universidad de Deusto. Cierto es que el viejo partido "Jeltzale" evolucionó desde sus orígenes aranistas, ultracatólicos, profundamente conservadores y antiliberales hasta unas posturas más próximas a la democracia cristiana y a los postulados sociales de la iglesia católica, gracias, en su mayor parte, a la labor de aquella generación de dirigentes de los años treinta, con el lehendakari Aguirre a la cabeza, que, tras unos titubeos iniciales, llegaron a aceptar la legalidad republicana.

Sin embargo, el PNV siempre mantuvo un feroz anticomunismo, que le llevó durante la guerra fría a colaborar con el gobierno y los servicios secretos norteamericanos en una relación que, aún hoy en día, no ha sido suficientemente explicada y merecería, sin duda, un estudio más exhaustivo. Así, el viejo partido de la JEL, "Jaun-Goikoa Eta Lagí-Zará" (Dios y Leyes Viejas), fundado en 1895, como reacción a la masiva inmigración industrial de otras partes de España que arribó en la Vizcaya de finales del XIX y principios del XX, colaboró de forma muy estrecha durante las décadas centrales del pasado siglo con el FBI, la CIA o su antecesora la O.S.S., a través de figuras como el hoy prácticamente olvidado Jesús de Galíndez, secuestrado y asesinado por el dictador dominicano Trujillo, el exconsejero vasco Ramón María Aldasoro, o el propio Juan Ajuriaguerra, padre político de Xabier Arzallus. Por el contrario, su participación en la lucha antifranquista en el interior fue prácticamente inexistente, más allá de haber engendrado en su seno a una generación de jóvenes radicales (Julen Madariaga, Benito del Valle, "Txillardegi"), que en los años cincuenta fueron el embrión de lo que posteriormente sería ETA.

En su magnífico libro de memorias "El Precio de la Libertad", publicado poco antes de su muerte, Mario Onaindia nos narra las vicisitudes de toda esa generación de jóvenes vascos nacidos en la posguerra, profundamente euskaldunes, formados muchos de ellos, caso del propio Onaindia, en los seminarios y que emprendieron la lucha antifranquista en la organización terrorista ETA, ante la inacción del histórico PNV, que, tal y como señalaba el político nacido en Lekeitio, se limitaba a trasladar a sus militantes al otro lado de la frontera francesa para realizar tediosos cursos de formación política, con el fin de tener una generación de cuadros capacitados para acaparar el poder, "una vez que Franco muriera".

En Cataluña, la histórica Lliga, por el contrario, representaba una derecha política e ideológicamente distinta. Fundada en 1901, por la fusión del Centre Nacional Catalá y la Unió Regionalista, la vieja Lliga Regionalista de Prat de la Riba, Verdaguer y Callís y el doctor Robert (su primer presidente) pasó a representar, desde el primer momento, los intereses de la patronal catalana, "Foment del Trabail Nacional", defendiendo las posturas de la clase empresarial catalana, fuertemente proteccionista, en el parlamento de la Restauración, con figuras de tanto fuste político como Cambó o el propio Prat de la Riba. Así, al contrario que el Partido Nacionalista Vasco, la Lliga nunca fue un partido nacionalista, ya que como se establecía en el artículo primero de sus Estatutos, su objetivo era trabajar, "por todos los medios legales, para conseguir la autonomía del pueblo catalán dentro del Estado español". Lo cierto es que, tras un preponderante papel durante la Restauración y la monarquía Alfonsina (el propio Cambó formó parte, como ministro de Fomento, del gobierno de concentración nacional de Maura, y en calidad de tal acompañó a Asturias, hace ahora cien años, a los Reyes en la ceremonia oficial de declaración del Parque de la Montaña de Covadonga como primer Parque Nacional de España), con el advenimiento de la II República, el regionalismo catalán fue perdiendo fuelle y protagonismo, en favor de las fuerzas catalanistas de izquierda (especialmente de la Esquerra Republicana de Cataluña), para acabar como una fuerza marginal alineada con los sectores más conservadores y reaccionarios del parlamento republicano, desapareciendo, definitivamente, durante el régimen franquista; todo ello, sin perjuicio de que una parte de su ideario catalanista y conservador fuera recogido, tras la llegada de la democracia, por la Convergencia de Pujol, el cual, siempre ha reconocido al propio Prat de la Riba como una de sus mayores referencias políticas.

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